“McCartney III”: el gran orfebre de la canción, en plan experimental y “juguetón”

En un recorrido que transita de manera natural entre baladas de pegadizas melodías y cortes más rockeros propios de su producción, pero que se animan a incursionar por los terrenos impredecibles de la experimentación y se prestan a tratamientos de tono lúdico en muchos casos, Paul McCartney agiganta aún más su leyenda con “McCartney III”, un nuevo disco de estudio realizado en absoluta soledad durante el confinamiento social obligado por la pandemia de coronavirus.
El álbum lanzado hoy cierra una trilogía iniciada en 1970 con “McCartney” y continuada en 1980 con “McCartney II”, todos ellos relacionados por tratarse de registros en donde el músico ejecutó todos los instrumentos y se hizo cargo de la producción; pero también por tratarse de espacios en donde el exbeatle se permitió algunas licencias a nivel sonoro.
Más allá de los desparejos resultados, cada disco dejó como saldo algunos pasajes memorables que marcaron la trayectoria del artista, como el caso de “Maybe I´m Amazed”, “Coming Up” y “Temporary Secretary”, por citar algunos casos.
Las once pistas que componen “McCartney III”, grabado en la famosa granja que el músico posee en Sussex, dejan en claro que este disco está destinado a ocupar ese mismo sitio, aunque con perspectivas de aventajar a sus antecesores por los mejores resultados generales alcanzados.
Ocurre que a diferencia de la primera entrega de la saga, surgida como respuesta a la ruptura de The Beatles, y de la segunda, en donde había decidido dar por finalizado su exitoso proyecto Wings; esta vez el músico no necesita exorcizar demonios artísticos y, por el contrario, da muestras de estar viviendo un momento pleno, junto a su actual esposa, sus hijos y nietos.
En ese punto, McCartney se muestra absolutamente liberado del “qué dirán”, se apoya en su fabulosa capacidad para crear melodías perfectas y su pericia interpretativa y se lanza a jugar con sus propias creaciones.
“Long Tailed Winter Bird”, la pieza que abre el disco, muestra las cartas en tanto corte instrumental, apenas matizado con un coro de fondo, en donde un fraseo folk de guitarra antecede a diversos instrumentos que se van sumando para conformar una especie de obertura.
La interesante pieza es seguida de “Find My Way”, una melodía simple que pareciera rondar lo olvidable hasta que un fantástico puente de repente la convierte en una gran canción, con pasajes instrumentales de grandes resoluciones.
Las baladas acústicas, en muchos casos cantadas en tonos graves, que sitúan al exbeatle en la postura más cómoda, como el caso de “Pretty Boys” y “Woman and Wives”, suman bellas melodías, pero denotan cierta intrascendencia.
Diferente es el caso de “The Kiss of Venue”, montada sobre un fraseo al estilo de “Jenny Wren”, que se enaltece cuando hace su ingreso un mellotrón que la ubica en otro plano.
Los chispazos rockeros de “Lavoratory Lil”, un divertido corte que invita a bailar y a imaginarlo en la voz del mismísimo Chuck Berry; y de “Slindin´”, con riffs propios del hard rock y guitarras pesadas que hubieran arrancado una sonrisa a John Lennon, ofrecen algunos de los momentos más brillantes del disco.
Lo mismo ocurre con la despareja experimentación de “Deep Deep Feeling”, una pieza en la que se nota al músico dando vueltas y jugando con distintas instrumentaciones sobre una idea central. Aunque el largo corte presenta algunos pasajes que bien podrían haber sido desechados, lo que en definitiva supone una apertura del artista a su proceso de búsqueda, también aparecen lapsos muy logrados que podrían haber sido parte de una genial canción.
Esto ni siquiera ocurre con “Deep Down”, que también apunta a jugar con distintos climas pero sin tantos momentos rescatables para ofrecer.
Con “Seize The Day” es inevitable no pensar en una continuidad de “Queenie Eye”, por su tonada alegre, el regodeo previo que anuncia el coreable estribillo y la sensación de felicidad que transmite; aunque no tan bien resuelta como la composición que fue parte del disco “New”, de 2013.
El cierre con “Winter Bird/When Winter Comes” retoma el fraseo del tema que abre el disco para derivar en una bucólica tonada en la que el autor logra situarnos con maestría en el espacio físico rodeado de animales en el que registró el álbum.
Lo cierto es que la canción refleja el estado de ánimo en general que rodea la placa y deja en el oyente la sensación precisa que se propone: la de crear una especie de guiño que le permita ser parte de ese momento en que la superestrella, integrante de la dupla compositiva más importante en la historia de la música contemporánea, se permite jugar en el territorio en donde mejor se mueve y más se divierte.
En un año en donde la pandemia marcó un cambio de planes para todo el mundo, Paul eligió aprovechar el encierro para ser feliz y hacer felices a sus fans. Si bien es cierto que 2020 será el año con peor prensa de la historia, resultará un tanto injusto cuando se recuerde el regalo que hizo el legendario artista de invitar a todos a compartir la cuarentena.