Sus casas de piedras doradas, sus flores que tapizan todos los rincones y su pasado medieval dan forma a una villa que seduce a los visitantes.

Fuente: Viajes National Geographic

Valldemossa
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A 17 kilómetros de Palma, en el corazón de la Sierra de Tramuntana, hay un pueblo que enamora. No solo a los turistas que, con buen criterio, deciden salir de la tradicional propuesta de sol y playa y se animan a explorar el interior de la isla balear, sino también a grandes personalidades como fue Frédéric Chopin y la escritora George Sand, cuya visita no solo marcó sus vidas, sino también a la historia de esta villa de aires medievales. Y si es por buscar más, también tenemos al pintor Santiago Rusiñol, a los escritores Rubén Darío y Jorge Luis Borges, y al actor Michael Douglas, quien descansa y se pasea por sus calles como un vecino más.

Estamos hablando de Valldemosa, encantador pueblo de casas de piedra clara, calles adaptadas como pueden al escarpado terreno, y una inédita abundancia de flores que lo convierten en un imán para la fotografía. Su protagonista indiscutible es la Real Cartuja, un monasterio del siglo XIV construido originalmente como palacio para el rey Sancho I de Mallorca y más tarde cedido a los monjes cartujos.

El rincón de los amantes

Valldemossa
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Allí, en el invierno de 1838, Chopin y Sand alquilaron la celda número cuatro del recinto, donde el músico compuso varios de sus Preludios Op. 28, dos baladas y un scherzo mientras la escritora francesa redactaba lo que acabaría siendo Un invierno en Mallorca. La celda conserva el piano original Pleyel que el músico polaco hizo traer desde París, hoy considerado por el Instituto Chopin de Varsovia como el núcleo de la colección privada más importante del mundo sobre el compositor.

En la visita, se descubre la farmacia monástica del siglo XVII y los hermosos jardines del Rey Juan Carlos I, que ocupan el antiguo claustro y ofrecen las vistas más serenas del campanario.

El Palacio del Rey Sancho y las calles de piedra

Valldemossa
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Junto a la Cartuja y accesible con la misma entrada, la parte más antigua del conjunto es el Palacio del Rey Sancho, levantado a principios del siglo XIV y hoy escenario de breves recitales de piano (con obras de Chopin, claro). Pero más allá de los monumentos, el verdadero atractivo de Valldemossa es dejarse llevar por su trama de callejuelas empedradas.

Las playas más bonitas de Mallorca

Las fachadas de piedra dorada aparecen salpicadas de macetas con geranios y adelfas, y muchas puertas y ventanas están pintadas de verde, una particularidad que distingue al pueblo a primera vista. En la calle Rectoria se conserva la casa natal de Santa Catalina Tomàs, la única santa mallorquina, convertida en capilla y reconocible porque la mayoría de puertas del pueblo exhiben pequeñas baldosas con escenas de su vida.

El mirador y la salida al mar

Valldemossa
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El mirador de Miranda des Lledoners, en la plaza Rubén Darío, ofrece la perspectiva más completa del pueblo: desde allí se domina el casco bajo, donde asoma el campanario neogótico de la iglesia de Sant Bartomeu, y al fondo el brillo del Mediterráneo.

Quienes quieran alargar el día pueden bajar hasta el puerto de Valldemossa, a pocos kilómetros por una carretera estrecha y curvada. El contraste con el pueblo es llamativo: un pequeño embarcadero de pescadores con aguas azules donde el ritmo se detiene del todo. Es el lugar ideal para ver el atardecer desde la terraza de los restaurantes, con recomendados pescados y arroces para honrar la tradición mallorquí.

La columna vertebral de Mallorca

Tramuntana
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Valldemossa forma parte de la Sierra de Tramuntana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2011 en la categoría de Paisaje Cultural. El arco montañoso que recorre el noroeste de Mallorca de Andratx a Pollença como una columna vertebral de la isla, mantiene un equilibrio frágil pero resistente entre la naturaleza y la huella humana: olivares centenarios, sistemas de irrigación árabe, caminos de piedra seca y pueblos que bien vale una visita.

La carretera panorámica Ma-10 vertebra el recorrido y encadena miradores sobre el mar con tramos de bosque de encinas y pinos. Si en una curva se aparece un pelotón de ciclistas, tengan paciencia: forma parte del paisaje, y de hecho, el cicloturismo es uno de los grandes atractivos del lugar. 

Pueblos para descubrir

Fornalutx
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Entre los pueblos recomendados para explorar, se encuentra Deià, donde el escritor británico Robert Graves eligió pasar el resto de su vida. Su tumba en el pequeño cementerio junto a la iglesia de Sant Joan Baptista es visita obligada, y la casa-museo del poeta permite asomarse a su vida cotidiana.

Más adelante, por la Ma-10, aparece Sóller, capital informal de la sierra, accesible también desde Palma en un tren de época que lleva más de cien años haciendo el trayecto. La tercera joya de la sierra es Fornalutx, un pueblo de menos de 700 habitantes que suele ser elegido entre los más bonitos de España.

La mesa de Valldemossa

Es Taller Valldemossa
Es Taller Valldemossa

Ninguna visita a Valldemossa queda completa sin entrar en la panadería Ca’n Molinas, abierta desde 1920 y todavía fiel a su horno de leña y su amasadora original. El producto estrella es la coca de patata, un bollo dulce y esponjoso elaborado con patata cocida, manteca de cerdo, huevos, azúcar y harina, cuya textura recuerda a la ensaimada, aunque presenta una ligereza distinta. En verano se sirve con horchata de almendras o helado; en invierno, con chocolate caliente.

Para comer, Valldemossa concentra una oferta más reducida pero bien orientada al producto local. Es Taller, instalado en un antiguo obrador reconvertido con mucho criterio, es la dirección más recomendada para una experiencia gastronómica completa, con una carta que descansa sobre ingredientes de temporada y elaboraciones cuidadas.

Quien prefiera algo más informal tiene en Quitapenas el pa amb oli con sobrasada de porc negre un punto de partida inmejorable. La porcella mallorquina tiene su templo en el elegante Hotel Valldemossa, mientras que un interesante homenaje a las tradiciones culinarias se rinde en el cercano Ca’n Costa, instalado en un antiguo molino de aceite. Como siempre, aquí se trata de disfrutar. Y sin prisas, por favor.