Tarazona
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El otoño ya está en pleno apogeo, tras un par de semanas lluviosas que han hecho descender las temperaturas. Es el momento en que muchas regiones de España, hogares de grandes bosques, se tiñen de doradocuando los hayedos mudan sus hojas a tonos amarillos, rojos, naranjas y ocres. La ventana temporal es corta: son las semanas en que estos árboles nudosos y vigorosos lucen sus mejores galas antes de quedar desnudos con los fríos del invierno.

En este rincón de Aragón, ese período se prolonga hasta la llegada de noviembre. Es la oportunidad para viajar al Parque Natural del Moncayo, que ocupa poco más de 11.100 hectáreas del Sistema Ibérico zaragozano, una extensión boscosa que abarca varios municipios, entre ellos el de Tarazona. Veamos por qué la visita a esta pequeña ciudad de 10.000 habitantes se puede combinar con excursiones de senderismo entre hojas caídas y árboles imponentes.

Ese bonito hayedo de Aragón

Peña Roya
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Uno de los hayedos más bonitos de este parque es el de Peña Roya, al que se llega por el sendero S1. Se trata de un bosque frondoso y umbrío, donde las copas de las hayas forman una cubierta bastante cerrada, hasta el punto de que en algunos rincones apenas deja pasar la luz del sol hasta el suelo.

otoños

Aquí los árboles adquieren una tonalidad más bien rojiza, que contrasta con el gris de las rocas, manchadas del verde de musgos y arbustos.
Tras las lluvias, este paraje es un lugar recomendable para buscar setas, ingrediente fundamental de los platos que se pueden probar en la comarca. Ya volveremos a ellas.

Mucha historia en poco espacio

Tarazona, Zaragoza
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Aunque los accesos habituales a este hayedo se encuentran en San Martín de la Virgen del Moncayo y en Agramonte, instalarse en Tarazona permite desconectar en una villa que, dado su pequeño tamaño, sorprende por su importante patrimonio histórico.
Sus raíces se hunden en una época anterior a la ocupación romana, cuando era la ciudad celtíbera de Turiasu, tan importante que tenía la potestad de acuñar moneda propia.


Reconvertida en Turiaso por los romanos, su influencia en la cuenca del Ebro quedó reflejada en detalles como el hallazgo de una estatua del emperador Augusto, que se puede ver en el Museo de Zaragoza. Su poder subió varios peldaños en la época visigoda, cuando fue nombrada sede episcopal. La llegada de los árabes en el siglo VIII dejó una profunda huella en el trazado laberíntico de sus calles, y más tarde, ya bajo dominio cristiano, los artesanos musulmanes aportaron sus técnicas constructivas y artísticas, origen del estilo mudéjar.

Apogeo medieval

juderia tarazona

Conquistada por Alfonso I en 1119, su situación fronteriza entre Aragón, Castilla y Navarra la convirtió en una pieza clave del ajedrez medieval, época en que la villa se organizó entre las comunidades cristiana, judía y musulmana. Era un delicado equilibrio, con tensiones propias de aquel hormiguero político, social y religioso, pero que permitió a Tarazona vivir un período de prosperidad. Esa bonanza se refleja en numerosos edificios de gusto renacentista que incorporan el sincretismo mudéjar: el aporte de maestros y artesanos de origen árabe en torres, artesonados, fachadas y tejados.
Así se aprecia, por ejemplo, en la catedral de Santa María de la Huerta, que, aunque comenzó a construirse en el siglo XII, refleja la transición del gótico al Renacimiento (miren si no las pinturas de la capilla mayor), con detalles mudéjares en la torre, el cimborrio y el claustro.

Herencia judía y arte mudéjar

Tarazona
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Hasta la expulsión de 1492, la población judía tuvo un papel muy importante en la vida de la Tarazona medieval. Ese pasado se percibe en el pequeño barrio de pendientes y callejuelas estrechas donde se encuentran las famosas Casas Colgadas, que aprovechan un desnivel de la antigua muralla.
Pero hay más historia que recorrer a pie. Sobre el río Queiles sobresale la silueta del Palacio Episcopal, antigua residencia de los reyes de Aragón que heredó la estructura de una fortaleza musulmana. Si buscan un buen ejemplo de arte mudéjar, no dejen de ver el impactante Salón de los Obispos. Ese mismo estilo ha dado identidad propia a la torre de la iglesia de Santa María Magdalena, convertida en uno de los iconos del barrio medieval.

Vivir en una plaza de toros

Tarazona
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Uno de los sitios más curiosos de Tarazona es la plaza de toros, un entramado de planta octogonal formado por 32 casas enfrentadas, construidas entre 1790 y 1792, desde cuyos balcones los vecinos podían presenciar las corridas. El espacio funcionó como coso taurino hasta 1890, pero las viviendas siguen habitadas hoy en día.

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Otro reflejo de la bonanza de esta villa aragonesa es la sede del Ayuntamiento, que ocupa la antigua lonja renacentista, frente a la plaza de España. Aquí, a fines de agosto, se celebra la extraña pero divertida fiesta del Cipotegato, un personaje vestido de arlequín que trata de esquivar, como puede, una lluvia de tomates lanzados por vecinos y visitantes, hasta llegar a trepar al monumento que se encuentra en la plaza. A pesar del bombardeo vegetal, ser el elegido es todo un honor para los turiasonenses.

Los sabores de Tarazona

Tarazona
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La vega del río Queiles, junto con las zonas boscosas y ganaderas del Moncayo, forma una valiosa despensa que aporta verduras como la borraja, el cardo, la alcachofa, el espárrago y la acelga, así como carnes como el cordero, el conejo y el ternasco, protagonistas de platos exquisitos y contundentes como el rancho. Y sin olvidar los vinos, como los de la DO Campo de Borja.

Fuente: Viajes National Geographic

En esta época, como decíamos, llegan también los platos que combaten el frío con setas de variedades como el rebollón, el boletus o la carbonera, hongos que imprimen un sabor inolvidable. Y si han sido recogidas en el hayedo, tienen un toque especial.