Publicada en plena crisis del 2001 y reeditada ahora, «Una virgen peronista», del escritor Federico Jeanmaire, narra la peregrinación a caballo y en sulky que lidera un pastor junto a un grupo de fieles que lo acompañan a buscar a su hermana recluida en un convento de un páramo rural, una trama en la que el autor activa su maquinaria desopilante de humor para trenzarla con los acontecimientos de la historia, la política y la religión.
Entre conversaciones insólitas, borracheras, la imagen de una Virgen quemada y fiestas a cielo abierto, la novela dialoga con la historia de nuestro país -el bombardeo a Plaza de Mayo en 1955 y la quema de iglesias por sectores peronistas-, a partir de los sermones y el relato de un predicador cristiano disidente que le cuenta a sus seguidores -o lectores- lo que ocurrió treinta años atrás con su hermana Carmen, quien de niña tuvo una revelación.
«Una virgen peronista es, quizá, mi novela más cervantina. Un largo viaje a caballo y en sulky por la horizontalidad de la pampa. Un viaje en donde los personajes hablan del pasado y del presente. Una novela política, también, como casi todas mis novelas», la describe Federico Jeanmaire, un autor de esos a los que le cabe la definición de prolíficos y multifacéticos: cada proyecto suyo es muy distinto al otro, aunque haya marcas que se repiten en sus libros, como la relación con el humor y la tensión con lo verosímil. «Es cierto que cada uno de mis libros intenta ser distinto. No me gusta repetirme, prefiero buscar la forma que necesita eso que estoy escribiendo, arriesgarme. Y me encanta la idea de que el lector no sepa con qué va a encontrarse», apunta.
Ahora mismo acaba de terminar una novela sobre una nena que aprende a leer antes de hablar. Es que Jeanmaire (Baradero, 1957) escribe mucho «todos los días, horas y horas y, si es necesario, pido disculpas por ello». Además de esa trama que terminó de escribir, está empezando otra nueva en clave de ensayo sobre «las relaciones entre la novela y la vida».
A mediados de este año, además, el autor había presentado «La banda de los polacos», una novela sobre un grupo de jóvenes que quiere cambiar el mundo, narrada desde la voz de un quiosquero que se llama Borges. Hace poco también inauguró la Feria del Libro de Santiago del Estero con un discurso en el que señaló que la «literatura no es un lugar para la corrección».
Como contrapartida de esa definición, hay algo de la incorrección que habita en las páginas de «Una virgen peronista» (Alto Pogo) porque el autor construye una inversión de símbolos en clave paródica: un párroco disidente enemistado con el cura tradicional del pueblo y con sus padres, a quienes culpabiliza del destino de su hermana. Un párroco que no se niega al deseo y al amor y cuando el fuego de la pasión arde se pregunta si eso es el cielo o el infierno, un párroco que acompaña fieles pecadores para los defensores de la tradición.
«Una virgen peronista» se publicó por primera vez en 2001, unos días antes de la crisis de diciembre, cuando los carriles de la atención precisamente no estaban a la espera de novedades literarias: «Veintidós años después, cuando me avisaron que iban a reeditarla me puse muy contento, la volví a leer. Por un lado, debo reconocer que no recordaba del todo bien las peripecias de los personajes, por otro lado, me entusiasmó, me divertí, me pareció que había estado bien escribirla y, por último, creo que mantiene toda su vigencia».
-¿Qué lugar ocupa ‘Una virgen peronista’ en el mapa de tus libros, tanto en su tiempo de escritura como de publicación?
-Federico Jeanmaire: La escritura de una novela, en mi caso, siempre es una búsqueda lenta. También una necesidad. La publicación es un asunto bien distinto, una decisión que depende de otros, en la que mis ganas poco pueden hacer. La circulación es siempre un misterio y al haber sido publicada por primera vez en un momento económico tan crítico, tal vez sea mi novela con menos lectores, por eso, la enorme alegría ante su reedición.
-Hay en “La virgen peronista” una inversión de los símbolos de estas dos grandes pasiones argentinas que son la religión y el peronismo. ¿Cómo se encontraron en la ficción?
-F.J: Cuando era muy chico, mi padre, antiperonista, me mostró un libro con las fotos de la quema de iglesias. Como en mi familia a nadie le interesaba el fútbol, yo me cruzaba los domingos a escuchar los partidos de Racing con el señor que atendía la estación de servicio que estaba justo enfrente de mi casa, en Baradero. El señor era peronista y unos de esos domingos me contó el bombardeo de la plaza de Mayo. Ni mi padre ni aquel señor me contaron que todo eso había pasado el mismo día de 1955, recién me enteré en la secundaria, gracias a una profesora. Es una gran pregunta de la Argentina, lo que sucedió aquel día. Por eso la novela: un viaje hacia la dificultad que tenemos de abarcar también lo que no nos gusta de nosotros.
-Claro, al mismo tiempo hay una fricción entre ambas ¿cómo es la relación amor-odio?
-F.J: Esa fricción es la historia de la Argentina. No nos llevamos bien, pero, en el fondo, muy en el fondo, estoy convencido de que nos amamos. Por eso, de a ratos, también el odio.
-El monólogo del narrador, ese párroco o cura que decide encerrarse en un templo por 35 años, tiene un componente de mucho humor. Es un atormentado que busca explicaciones para comprender lo que ocurrió con su hermana, pero al mismo tiempo es un hombre que no se reprime en su relación con el deseo. ¿Cómo fue la construcción de este personaje?
-F.J: En mis novelas, los personajes se van construyendo solos. El pastor lee la Biblia a su manera, a partir de lo que le ha ocurrido o le ocurre en la vida. Sospecho que es lo que hacemos todos: entender el mundo y las relaciones humanas a partir de lo que nos ha tocado o nos toca vivir. Y el deseo está presente siempre. En el pastor y en el resto de la humanidad. El deseo nos ayuda y, muchas veces, nos impide ser. En ese toma y daca se construyó Armando, el líder, el pastor de la novela.
-Te basaste en hechos históricos para esta novela. ¿Cómo opera lo real en lo literario para vos? Pienso en que otras novelas han tomado como disparador destellos de la realidad, como «Tacos altos» sobre la crisis del 2001 o tu novela anterior, «La banda de los polacos».
-F.J. Realidad, decía Nabokov, es una palabra que solo quiere decir algo cuando está escrita entre comillas. Es subjetiva. Una manera personal de mirar lo que nos rodea. En ese sentido, me llaman la atención algunas cuestiones y me meto en ellas a ver cómo puedo hacer literatura con ellas. En «Tacos altos», lo que me lleva a escribirla es el incendio de un supermercado chino en diciembre de 2013 en medio de una huelga de policías en todo el país que produce un montón de muertos. En «La banda de los polacos», mis ganas de narrar, de algún modo, el más o menos escondido racismo argentino.
-Por la versatilidad de cada uno de tus libros en cuanto al manejo del lenguaje, por ejemplo, se podría decir que ¿encarás cada texto como un desafío o con una búsqueda distinta?
-F.D: Cuando escribe, uno está solo frente a lo infinito del diccionario. Y decide cosas. Las cosas que decide tienen que ver con las ideas, el diccionario tiene que ver con las posibilidades de contar lo que uno quiere contar. En esa mezcla aparece o no la literatura. Ese es el desafío, me parece: escribir para llamar la atención acerca de lo mecánico de la cultura y lo mecánico de la lengua, para salirnos de la trama y pensar.