Desde lo alto del monte Srd se contemplan unas vistas espectaculares de la costa de Dalmacia, bañada por las plácidas aguas del mar Adriático. Su mero nombre recuerda historias de romanos, venecianos y otomanos disputándose el dominio de este territorio croata encajado entre una acantilada costa de pinos y un mar salpicado de islas. La silueta de la ciudad vieja de Dubrovnik, agazapada detrás de sus murallas medievales, domina la panorámica desde el fuerte napoleónico que corona la colina de Srd. Un poco más allá, barcas de pesca, yates y cruceros dejan su estela entre una multitud de pequeñas islas. En el interior del fuerte hay un museo dedicado a la Guerra de los Balcanes (1990-2001) que describe la crudeza de las batallas que se libraron en la zona.
Fuente: Viajes National Geographic
Por la monumental y retorcida Dubrovnik

Desciendo a Dubrovnik en un teleférico y me interno en la ciudad vieja por la Puerta de Pile. La piedra blanca de la calle principal, Stradun, refulge bajo el sol del mediodía. A ambos lados de la avenida se elevan sobrias iglesias y palacetes barrocos. Hay un continuo ir y venir de gente, muchos visitantes y algún que otro local que se dirige a sus quehaceres diarios. Las canciones de un músico callejero tocando una tamburitza (similar a una bandurria) se entremezcla con el murmullo de las terrazas de los cafés y el rumor del mar batiéndose contra las murallas del puerto.
Mis pasos me llevan frente al Palacio del Rector, antigua residencia del máximo mandatario de la ciudad, y uno de los pocos edificios que sobrevivió al terremoto de 1667. Sin embargo, donde más me entretengo es en la pequeña tienda de una mujer de sonrisa afable que me ofrece arancini, cortezas de naranja confitadas que se pueden comer solas o usarse para preparar pasteles. «Las hago como las hacía mi abuela», me cuenta con orgullo.

Dubrovnik fue fundada en el siglo VII y bautizada como Ragusa. La ciudad formó parte del Imperio romano de Oriente hasta que, a inicios del siglo XIII, los venecianos se hicieron con las posesiones bizantinas de Dalmacia. Tras siglo y medio de ocupación, fueron expulsados y Ragusa se convirtió en una república independiente. El terremoto de 1667 supuso el principio del fin para el pequeño estado. La estocada final llegaría con la invasión napoleónica en 1808, que terminaría con su independencia para siempre.
Más allá de los palacios y de imponentes iglesias como la Catedral de la Asunción, la magia de Dubrovnik se percibe deambulando por sus callejuelas, recorriendo las poderosas murallas asomadas a las aguas del Adriático, o acercándose a las deshabitadas islas de Elafiti, o a Lokrum, famosa por haber sido escenario de la serie Juego de Tronos. Pero, sin duda, el momento más especial llega al atardecer, cuando los restaurantes van cerrando, las multitudes desaparecen y el silencio se apodera por fin de la ciudad.
La verde Mljet

Los ferris que conectan las islas y ciudades de Dalmacia regalan vistas increíbles de un litoral abrazado por las moles calcáreas de los Alpes Dináricos. Mientras navego rumbo a la isla de Mljet, contemplo las montañas que parecen abalanzarse sobre las diminutas poblaciones del estrecho tramo costero. La verde Mljet tiene dos núcleos principales, Pomena y Polace, que suelen estar repletos de visitantes. Pero basta con alquilar una bicicleta y adentrarse en los senderos del parque nacional que cubre el extremo norte de la isla para descubrir rincones poco transitados.
Entre sus maravillas naturales destacan dos grandes lagos de agua salada, Malo Jezero y Veliko Jezero, rodeados por densos bosques. En este idílico entorno cuenta Homero que Ulises pasó siete años cautivo de la ninfa Calipso antes de reemprender su viaje a Ítaca. Las ostras de la península de Pelješac se cuentan entre las mejores de mundo, así que decido no desaprovechar la oportunidad y embarco en el ferri que lleva a la bahía de Mali Ston.
Me uno a una excursión con unos pescadores locales que van a recoger ostras. Mientras las sacan del agua van contando historias de sus abuelos, que ya cultivaban estos moluscos desde tiempos inmemoriales. «El mar nos lo da todo», dice uno de ellos a la vez que con manos expertas abre una ostra y me la ofrece. Al probarla, fresca y bañada solo con un toque de limón, el mar parece explotar en mi paladar.
Korčula, la supuesta cuna de marco polo

Apenas media hora en barco me separa de Korčula, capital de la isla homónima, cuyo casco antiguo amurallado recuerda a Dubrovnik en miniatura. Nada más entrar en la ciudad vieja ya se percibe la influencia de la Serenísima. Entre sus calles estrechas y empedradas hay pequeñas plazas donde se levantan edificios góticos. En una de ellas unos niños juegan a la pelota, esquivando con destreza a los turistas que pasean sin prisa. Un anciano sentado en un banco observa el ajetreo y, sin que yo le pregunte, me indica la casa natal de Marco Polo.
La tradición local afirma que el mercader veneciano nació en Korčula y, para demostrarlo, un edificio medieval se anuncia como su casa. La isla también es conocida por sus deliciosos vinos blancos. El más famoso es el producido con uva grk, cuyas viñas crecen cerca de Lumbarda, un oasis de tranquilidad con villas del siglo XVI. La isla y ciudad de Hvar es mi siguiente destino. De innegable belleza, la localidad es en verano un polo de atracción para jóvenes con ganas de fiesta y yates lujosos. El bullicio desaparece en cuanto se sube a lo alto de la fortaleza que domina el pueblo o saliendo a explorar enclaves más rurales y solitarios.
Los reductos de Hvar

Recorro la isla de Hvar acompañado por el sonido de las cigarras y el aroma a lavanda; de vez en cuando aparecen olivos centenarios y calas bañadas por aguas turquesas. Hay poblaciones menos visitadas que conservan el encanto de antaño. Una de ellas es Stari Grad. Aquí las barcas de pesca predominan sobre los yates, y en los muelles se ve a los pescadores remendando sus redes con paciencia.
En una taberna, un grupo toca canciones tradicionales mientras de la cocina van saliendo platos de gregada. La propietaria del local me sirve una generosa ración y me explica el humilde origen de este guiso de pescado de roca que los pescadores de Hvar cocinan desde hace siglos. Cuando el grupo termina de cantar se acerca a una mesa de amigos para brindar con rakija, el aguardiente de frutas omnipresente en los Balcanes que muchas familias aún elaboran en casa.
Brač y la playa más deseada de la Costa Dálmata

El trayecto a la isla de Brač se me antoja idílico, con un par de delfines saltando junto al barco mientras el sol produce reflejos dorados sobre al agua. Aunque todo el sur de Dalmacia cuenta con bellas playas y pequeñas calas de aguas turquesas, Brač alberga la más famosa de todo el país: Zlatni Rat. Esta lengua de tierra blanquecina se adentra en el mar, rodeada de bosques de pino y acantilados. Es sin duda uno de los rincones más bonitos de Dalmacia.
El interior de Brač es la antítesis de su costa: un paisaje agreste y apenas habitado. La mejor manera de abarcarlo de un vistazo es subir –a pie o en coche– al Vidova Gora (778 m), el monte más alto de todas las islas del Adriático. Y después bajar a visitar el remoto monasterio de Blaca, ubicado al final de un sendero de 2,5 km de longitud. El recinto lo fundaron en el siglo XVI monjes que huían del avance turco en la costa croata. El último religioso, el padre Niko Miličević, falleció en 1963.
Split entre recuerdos romanos y tabernas tradicionales

Tomo un último transbordador para dirigirme a la segunda ciudad del país: Split. Aunque Dubrovnik se lleva toda la fama, Split esconde una larga herencia que ha llegado perfectamente preservada hasta nuestros días. La ciudad nació como una colonia griega en el siglo IV a.C., pero fue con el emperador romano Diocleciano (245-313 d.C.) cuando se erigió en centro del imperio. Diocleciano, que había nacido en esta región, decidió retirarse de la política y construir un palacio a orillas del mar en el que pasar los últimos años de su vida. Después de su muerte, el palacio se continuó usando como lugar de retiro para los emperadores romanos, pero finalmente quedó abandonado.
En el siglo VII, la cercana ciudad de Salona fue destruida por tribus de ávaros y eslavos, y muchos de sus ciudadanos huyeron a protegerse en Spalatum, el palacio de Split, que acabó siendo su hogar. Caminar por lo que fue el recinto palaciego es como ver siglos de historia romana fundiéndose con el presente. Los habitantes fueron construyendo casas en sus amplios salones y en torno a su patio. El mejor ejemplo es el propio mausoleo de Diocleciano, que acabó transformado en catedral.

Hoy en día, las calles en torno a la catedral son una curiosa mezcla de elementos romanos, medievales y actuales donde la vida cotidiana sigue su ritmo. La ciudad vieja de Split está dividida en dos partes: por un lado, la que fue construida sobre las ruinas del palacio de Diocleciano; y por otro, la que se fue erigiendo extramuros. Tomando la calle Kresimira se atraviesa la puerta de Hierro frente a la que se abre la plaza medieval Narodni.
Al penetrar en este espacio rodeado por antiguos edificios, entre los que sobresale el antiguo ayuntamiento de estilo veneciano, se tiene la sensación de haber llegado a Italia: el ambiente mediterráneo, multitud de gente paseando, niños jugando a fútbol, terrazas con gente degustando café y sosteniendo animadas charlas, los vendedores del mercado de pescado voceando su mercancía…
Un amigo croata me recomienda una konoba (taberna tradicional) para probar el cordero cocinado a la peka, que consiste en asar los productos al fuego con la ayuda de una tapa de hierro o de terracota. El aroma a romero y ajo impregna el aire mientras el dueño, un hombre fornido y parlanchín, me va contando anécdotas sobre su infancia en la Yugoslavia comunista. Después de comer imito a los locales y me acerco al paseo marítimo a disfrutar de un café en una terraza con vistas al mar.

A solo 30 minutos de Split se encuentra la pequeña Trogir, uno de los mejores ejemplos de arquitectura tradicional dálmata. La ciudad nació como un asentamiento griego y fue cambiando de manos a lo largo de su historia. Tras cruzar el bullicioso mercado matutino, entro en la antigua Trogir, emplazada sobre un islote. La ciudad es sorprendentemente tranquila, se puede oír incluso el eco de los pasos sobre las losas de piedra. En una plaza sombreada, un grupo de ancianos juega a las cartas y la vida transcurre sin prisas entre galerías de arte, pequeñas tiendas de artesanos y cafés donde se conversa animadamente.
La plaza de Ivana Pavla II, presidida por la majestuosa Catedral de San Lovro, es el corazón de la ciudad. Su campanario ofrece la mejor panorámica de Trogir: desde lo alto, los tejados rojizos contrastan con el azul intenso del mar.
Sibenik, la ciudad que nunca olvida

La carretera bordea la costa hasta Sibenik, la última etapa de este viaje. A diferencia del resto de las ciudades de Dalmacia, fundadas por ilirios, griegos o romanos, esta fue construida por los propios croatas en el siglo XI. Sibenik está protegida por varias fortalezas levantadas entre los siglos XVI y XVII para defenderse de los continuos ataques otomanos. No fueron los únicos que tuvieron que rendirse ante la obstinada defensa de sus habitantes. La ciudad y sus alrededores se convirtieron en el escenario de una de las batallas más duras de la Guerra de los Balcanes entre croatas y serbios.
Afortunadamente, la Catedral de Santiago, del siglo XVI y declarada Patrimonio de la Humanidad, sobrevivió a los bombardeos de 1991. Su exterior es un bello conjunto escultórico, con un friso en el que se representan 71 figuras de hombres, mujeres y niños de la época. El interior es amplio y luminoso gracias a los altos arcos y a la piedra blanca con que está construido el templo, pero sin duda el mayor tesoro es el baptisterio, con una pila bautismal sujetada por tres ángeles.
Mientras exploro el centro histórico de Sibenik, me detengo en una joyería donde un orfebre trabaja cuidadosamente la filigrana de plata, una tradición local que ha perdurado hasta nuestros días. De hecho, la ciudad es famosa por ser el lugar de origen del llamado Botón de Sibenik, una esfera confeccionada con estas filigranas que servía antiguamente para denotar el rango militar en los uniformes, aunque en la actualidad sirve para elaborar pendientes o pulseras. Junto a la joyería hay una tienda de corbatas, el accesorio más famoso nacido en Croacia. En su origen no era más que un pañuelo que los soldados croatas llevaban anudado al cuello, pero los franceses lo adoptaron en el siglo XVII y lo llamaron cravate, una deformación de la palabra croate.
Krka, el otro Plitvice

Me despido de la costa dálmata y me adentro en el Parque Nacional de Krka. Esta sorprendente reserva natural se extiende a lo largo de 72 km remontando el cauce del río Krka en dirección a los Alpes Dináricos. Es un espacio famoso no solo por sus espectaculares cañones y cascadas, sino también por albergar el monasterio serbio ortodoxo más importante de Croacia, a 3 km de la localidad de Kistanje.
Fundado en 1345 por Jelena Šubić, esposa de un noble croata y hermanastra del emperador Dušan de Serbia, el monasterio sobrevivió a los estragos de la Guerra de los Balcanes, aunque sus monjes acabaron huyendo durante la contienda. Tras su restauración, la comunidad monástica regresó y el seminario, el más antiguo de la Iglesia ortodoxa serbia, reabrió sus puertas en 2001. Mi última parada en este paraíso natural es el lago Visovac, donde hay una diminuta isla que alberga un monasterio franciscano del siglo XV.

Además de objetos medievales, conserva un ejemplar ilustrado de las Fábulas de Esopo impreso en 1487, uno de los tres únicos que existen en el mundo. Aunque es posible llegar en barco, prefiero quedarme en la orilla, contemplando cómo los paisajes y la historia se funden en perfecta armonía. Es el final del viaje, pero también una invitación a seguir descubriendo la inagotable riqueza del sur de Croacia.