Setas de Sevilla
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En Andalucía, donde la sombra es casi un deporte de supervivencia, esta plaza juega en otra liga. No es un toldo ni un árbol: es una gran piel de madera que ondula como si estuviera viva, dibujando un refugio lleno de frescura donde todo ocurre a la vez. A ras de suelo, la ciudad sigue con su ritmo: compras rápidas, cafés de pie, conversaciones. Pero con el simple gesto de levantar un poco la vista ya podemos ver que aquí se puede caminar por el aire a través de una pasarela que serpentea por encima de los tejados. ¿Lo mejor? El contraste: un mirador de ciencia ficción por arriba y, abajo del todo, un subsuelo que guarda un pasado muy anterior a cualquier postal.

Fuente: Viajes National Geographic

Lo mejor de este lugar es cómo superpone épocas sin pedir permiso: lo contemporáneo arriba, lo antiguo debajo, y la vida en medio. . Una forma redonda de seguir explorando la Sevilla menos obvia, con otro sabor.

Sevilla en siete imprescindibles

LAS SETAS DE SEVILLA, CON NOMBRE Y APELLIDO

Setas de Sevilla
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Se llaman Metropol Parasol, aunque casi todo el mundo las conoce como las Setas de Sevilla. Nacieron para reactivar la Plaza de la Encarnación y hoy son un icono contemporáneo plantado -con toda la intención del mundo- en pleno corazón histórico. El proyecto, firmado por el estudio J.MAYER.H, se desarrolló entre 2004 y 2011, y su gran cubierta de madera encolada consigue alturas de entre 20 y 26 metros. 

Lo más hipnótico de este monumental edificio es cómo cambia el punto de vista. Si subimos a la parte de arriba, la pasarela ondulante nos obliga a caminar como si siguiéramos una ola, con Sevilla y toda su enorme belleza desplegada alrededor: torres que dicen ‘hola’, patios llenos de encanto que quedan escondidos, tejados que parecen piezas de barro. La megaestructura, además, tiene su propia épica técnica: cubre un rectángulo enorme de 150 x 75 metros y está formada por más de tres mil piezas diferentes, como si fuera un puzle a escala de ciudad. En la parte de abajo, la sombra vuelve más amable la plaza, convirtiéndola en una especie de salón urbano donde siempre hay gente haciendo comunidad.

UN VIAJE VERTICAL: MERCADO Y RUINAS

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Este edificio no se mira en horizontal, se entiende subiendo y bajando. A pie de plaza, el Mercado de la Encarnación pone el sonido de fondo: cuchillos, voces que se conocen entre ellas, puestos que huelen a fruta abierta y a marisco recién puesto en hielo. Es la parte más cotidiana del conjunto, la que te aterriza en la ciudad real mientras, encima, la cubierta ya está haciendo su trabajo silencioso: domesticar la luz y convertir la plaza en un lugar habitable.

Entonces viene el giro: bajas y aparece el Antiquarium, como si la plaza tuviera sótano narrativo. El espacio es muy amplio y está pensado para que no nos sintamos encerrados, con los restos romanos a una cota de -5,45 metros y un recorrido que nos hace caminar entre calles, casas y patios de la antigua Hispalis, con mosaicos que todavía tienen protagonismo (ahí están, por ejemplo, la Casa de la Ninfa o la Casa de Baco) y huellas que saltan de los siglos I al VI. En otra zona, el relato transforma su lenguaje y llega de otra época: una casa almohade de los siglos XII-XIII te recuerda que Sevilla no es una línea recta, sino una superposición constante.

LA NOCHE CAMBIA LA MADERA DE PIEL

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Cuando el mercado ya ha soltado su último ruido, este lugar saca su última carta: Aurora, una experiencia de luz que acompaña el recorrido por las pasarelas y convierte la estructura en una especie de criatura nocturna, a ratos cálida y a ratos eléctrica. En la web oficial lo plantean como un “homenaje a la luz de Sevilla” y juegan con esa idea de que no hay dos noches idénticas, porque el propio paseo -la altura, el viento, el murmullo que llega desde abajo- hace que sintamos la visita diferente cada vez.