Un equipo de antropología del CONICET La Plata reconstruyó, a partir de 600 puntas de piedra de 10 mil años de antigüedad una red de vínculos que unió a las primeras sociedades cazadoras recolectoras de Sudamérica en la transición entre el Pleistoceno y el Holoceno.
La investigación fue realizada por Laura Miotti, Lucía Magnin y Enrique Terranova, investigadores del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata. El estudio fue publicado recientemente en la revista científica PaleoAmerica.
Las llamadas puntas cola de pescado (PCP) son proyectiles de piedra asociados a la caza de grandes mamíferos. Se distinguen por su forma -similar a una cola de pez- y por presentar, en la mayoría de los casos, una acanaladura en la base, un rasgo tecnológico complejo que requería destreza y conocimiento especializado.
“Estas puntas son muy especiales porque solo se encuentran en un rango temporal preciso, entre 13.200 y 11 mil años de antigüedad, y porque su diseño es muy particular”, explicó Terranova. Pero para el equipo, no se trata solo de un arma eficaz: es la evidencia material de una red de transmisión de saberes.
El punto de partida fue la construcción de una base de datos inédita que reunió todos los registros publicados de PCP en Sudamérica: cerca de 600 hallazgos en unos 170 sitios arqueológicos, tanto superficiales como estratigráficos.
Los registros abarcan desde el norte de Sudamérica hasta la Patagonia, con excepción de Bolivia, Paraguay y Guayana Francesa. Algunos sitios concentran gran cantidad de materiales, como Amigo Oeste, en la meseta de Somuncurá (Río Negro), y Cerro El Sombrero Cima, en el sistema de Tandilia, mientras que otros se distribuyen a lo largo de miles de kilómetros.
Con esa información, el equipo elaboró dos modelos teóricos: uno de accesibilidad topográfica y otro de redes potenciales de interacción. Incorporaron datos climáticos, variaciones del nivel del mar, cambios en las costas y retracción de glaciares para reconstruir los escenarios ambientales de hace más de 10 milenios.
El resultado fue un mapa que traza conexiones posibles a lo largo de más de 8 mil kilómetros de norte a sur. No se trata de caminos físicos comprobados, sino de recorridos probables para la circulación de objetos, ideas y conocimientos.
“Es un modelo de memoria social compartida. Estas piezas son delicadas y complejas de confeccionar, lo que implica la existencia de artesanos o maestros que transmitieran el saber”, señaló Miotti.
Para los investigadores, la rápida expansión de esta tecnología indica algo más profundo: una red de comunicación entre grupos humanos que permitió compartir información vital para la supervivencia en territorios desconocidos.
Según el equipo, la difusión de las puntas cola de pescado podría representar la primera gran explosión cultural de alcance continental en Sudamérica.
Cuando una misma tecnología aparece en sitios distantes, explicaron, es posible inferir algún tipo de contacto -directo o indirecto- entre las poblaciones. Esa circulación de información habría reducido riesgos en contextos de exploración y colonización.
“Conocer que otros grupos estaban haciendo lo mismo ampliaba las posibilidades de colaboración y minimizaba el riesgo”, sostuvo Terranova.
En un escenario de baja densidad poblacional, movilidad constante y ambientes cambiantes, cualquier innovación debía comunicarse. Así, mucho antes de las redes digitales, las sociedades cazadoras recolectoras tejieron su propio sistema de conexiones, con la piedra como soporte y la transmisión del conocimiento como motor.
Hace más de 10 mil años, en el extremo sur del continente, ya existían redes sociales. No virtuales, pero sí profundamente humanas.