Las mezquitas, palacios, riads y jardines de Fez, Meknés, Rabat y Marrakech son las espléndidas huellas que las diferentes dinastías y casas reales han dejado en esta esquina de África.

Marrakech
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A lo largo de doce siglos, lo que hoy sigue siendo el reino de Marruecos tuvo cuatro grandes capitales que se iban alternando por designio de los soberanos de cada nuevo estado o imperio, desde Fez, la más antigua, a MeknésRabat y Marrakech. Recorrerlas permite apreciar la diversidad y riqueza cultural de todo Marruecos.

Fuente: Viajes National Geographic 

Fez el Bali

Fez
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Al trasladar su corte, cada nueva dinastía –de la idrisí fundacional a la alauita del presente, pasando por almorávides, almohades, marinís o saadíes– demostraba su poder construyendo palacios, murallas, mezquitas, madrasas y otros edificios civiles y militares que, en su mayor parte, han prevalecido hasta nuestros días. 

Si para intentar captar la esencia de Marruecos sólo pudiéramos visitar una, esta debiera ser Fez el Bali, la ciudad vieja, pues además de verdadero baluarte religioso y cultural del país, mantiene como ninguna otra el espíritu de lo que ha hecho única a esta nación. Y no solo por ser la mayor medina de todo el islam, sino sobre todo por haber conservado el carácter y la naturaleza desde su fundación, impulsada por Idrís I en el año 739. Su patrimonio es sencillamente abrumador, desde la Mezquita y la Universidad de Qarawiyyin, fundadas en el siglo IX por una mujer, Fátima Al Fihri, a la espléndida madrasa o escuela coránica Bou Inania, del siglo XIV, que toma su nombre del sultán meriní Abu Inán Faris.

La magia, sin embargo, no se reserva a los lugares insignes, y ya sucede en cuanto cruzamos la puerta azul de Bou Jeloud y nos adentramos en una maraña de miles de callejones con sus zocos, fondas y talleres para sentir el latido de lo cotidiano. En cada rincón asoma algún hallazgo para los sentidos, el rumor del agua en los mosaicos de sus fuentes, como la decana Nejjarine junto al museo de Artes y Oficios de la Madera, los aromas de especias y hierbabuena fresca o el hedor de curtiderías como la famosa Chouwara, y, por supuesto, los intensos sabores de cuscús y tajines con los que hacer un alto en el paseo.

Ya desde el siglo IX y tras la debacle de 1492, Fez fue lugar de acogida para los refugiados andalusíes, que habitaron su propio barrio en la medina, al otro lado del río Bou Khrareb, y donde se mantiene en pie desde hace más de mil años la llamada Mezquita de los Andaluces.

 

Medina de Fez

Barrio de los curtidores
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No es posible hacerse una idea veraz de ninguna medina marroquí si no se traspasan las austeras fachadas de sus edificios para conocer el interior, alegoría del talante de sus habitantes, que gana en calidez en cuanto crece la confianza y nos dejan entrar en su mundo. Este contraste es aún más evidente en la milenaria medina de Fez, cuyos callejones esconden palacios, riads y viviendas privadas en las que fuentes, patios y galerías evocan la noción islámica del paraíso y ofrecen un oasis de paz. Por ello, además de visitar museos y otros espacios, deberíamos integrar el alojamiento como parte de la experiencia e incluso quedarnos al menos en un par de sitios y en diferentes barrios de la medina.

Cuando se abandona el rompecabezas de la medina por las puertas que miran al noroeste, como Bab Guissa o Bab Chorfa, dejamos atrás las murallas y contemplamos la ciudad vieja desde la lejanía. Y no hay mejor lugar para hacerlo que el altozano que culmina en las Tumbas Meriníes o los miradores de la avenida homónima. Desde allí, la visión panorámica de Fez el Bali refuerza la impresión de viaje en el tiempo que ya llevamos encima desde nuestros extravíos a pie por la medina, pero ahora con todo el cuadro medieval desplegado ante nuestros ojos.

Fez el Jdid

Palacio Real
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También extramuros, pero del otro lado, en la medina de Fez el Jdid, merece mucho la pena atravesar la gran puerta Semmarine y visitar la mellah, el antiguo barrio judío, en el que ya no viven los antaño numerosos sefardíes, pero que conserva su impronta en balconadas y ventanales, dos elementos inexistentes en la arquitectura islámica tradicional, así como en las sinagogas Al Fassiyine e Ibn Danan y el viejo cementerio, muy cerca de la Bab al-Amer. Tras ella, se abre la gran explanada del Palacio Real, uno de los doce que conserva el rey Mohamed VI en las cuatro capitales imperiales así como en Tánger o Tetuán, lo que reafirma la continuidad entre las dinastías que han gobernado Marruecos, un país que abraza la modernidad pero que mantiene intacto su vínculo con el pasado. Entre el Palacio Real y la ciudad nueva de Fez, además, queda la estación de tren, desde la que podremos llegar a Meknés.

Meknés

Meknés
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Asentada en el valle más fértil del país, entre huertas y olivares a los pies del Atlas Medio, Meknés sorprende por el contraste entre su porte regio y lo genuino de su ambiente pausado, amalgama entre el legado árabe y el amazigh. En torno a una fortaleza del siglo VIII se estableció la tribu de los meknasa, que más tarde darían nombre a la ciudad. Su momento álgido, sin embargo, no llegaría hasta finales del siglo XVII, cuando Mulay Ismaíl la consagró como capital imperial. El sultán impulsó una serie de construcciones faraónicas, acotadas por hasta 40 km de murallas, y que se cobraron un alto precio en mano de obra esclava, pero que han resistido el paso del tiempo, incluido el brutal terremoto de 1755.

 

Plaza Al-Hadim

Plaza Al-Hadim
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La gran plaza Al-Hadim es hoy el epicentro de otra vibración más amable, la que cada atardecer reúne a paseantes, mercaderes, artesanos, músicos, buscavidas y comensales que, entre terrazas, restaurantes y tenderetes mantienen el aliento vital de la ciudad. La diáfana explanada opera también como bisagra del tejido urbano, con la medina a un lado y, al frente, tras la descomunal Bab Mansur, el complejo imperial, al que convendría dedicarle una jornada completa.

Destaca por encima del resto el asombroso mausoleo del sultán Mulay Ismaíl, que conserva su cariz religioso pero permite la entrada a los no musulmanes. Desde allí podemos pasar por el Palacio Real, que como el de Fez y los demás sigue a disposición del monarca actual. Después de visitar los vastos jardines, que hoy albergan un campo de golf, y descansar un rato frente al espejo del estanque de Agdal, llegaremos a los inmensos graneros o a las caballerizas reales de Heri es-Suani.

De nuevo en la plaza Al-Hadim, nos espera la medina de Meknés, no tan extensa ni abigarrada como la de Fez, pero, a su manera, igual de auténtica. Sin dejar aún la plaza, el museo del palacio Dar Jamai es una visita ineludible, por la belleza del edificio en sí y porque alberga una de las mejores colecciones de cerámica, joyería y tejidos del país.Callejeando desde la puerta Bab Berrima hacia poniente pasamos por el antiguo barrio judío, antes de llegar a la Bab El Khemis, una puerta exterior menos conocida pero casi tan elaborada e imponente como la Bab Mansur.

Madrasa Bou Inania

Madrasa Bou Inania
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Al norte de la ciudad vieja de Meknés, desde otras puertas más discretas pero también hermosas como la Bab Berdaine, podemos distinguir los alminares de varias mezquitas. Una cierta calma, distinta al trajín que suele inundar los callejones de Fez o Marrakech, se va diluyendo mientras paseamos hacia el cogollo de la medina, donde muy cerca de la Gran Mezquita, agazapada en el bazar, aguarda el que quizá sea el rincón más especial de Meknés, la madrasa Bou Inania, erigida en el año 1335. No es la mayor ni la más ostentosa, pero a mí me parece una de las más bellas de todo Marruecos, quizá también porque tuve la intención y la suerte de poder visitarla a solas.

Hacemos un paréntesis en nuestro itinerario urbano para visitar Mulay Idrís y Volubilis, a poco más de media hora por carretera de Meknés. Para ello podemos contratar los servicios de una agencia, negociar el precio con un taxista o ir por libre en un incómodo y baratísimo grand taxi, el medio colectivo más empleado por la población local. Enclavada en un promontorio entre colinas, de callejuelas blancas y aire andalusí, Mulay Idrís es ciudad santa para los peregrinos musulmanes por el santuario de Idrís I, descendiente del Profeta, fundador de Fez y de la primera gran dinastía marroquí, que dominó una extensa región del Magreb entre los siglos VIII y X.

 

Volubilis

Volubilis
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Muy cerca se encuentra la ciudad romana de Volubilis, el yacimiento arqueológico mejor conservado del país. En un escenario emocionante, el testimonio mudo de sus villas, templos y mosaicos nos recuerda que otros imperios prosperaron también en la Antigüedad por esta esquina de África. También es un recordatorio de que los lazos históricos entre el Mediterráneo, la Península Ibérica y el Magreb se remontan a más de dos mil años, a partir del sustrato original amazigh –mal llamados bereberes o «bárbaros» por los invasores extranjeros, quienes a su vez recibían el nombre de «rumins», romanos– y su reino de Mauritania, posterior a la fundación cartaginesa de la ciudad pero anterior a la llegada de Roma.

 

Rabat

Rabat
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Con permiso de Meknés, Rabat fue la mayor sorpresa de mi viaje por las ciudades imperiales. Al salir de la estación de tren no prometía gran cosa, como quizá cabría esperar de la capital administrativa del país, pero lo cierto es que, de plantearme vivir por un tiempo en el Marruecos urbano, es muy probable que eligiera Rabat. Los fundamentos de la necrópolis de Chellah atestiguan que por aquí pasaron fenicios, cartagineses y romanos, aunque no fue hasta el año 1146 que el sultán almohade Abd Al-Mumin plantó la semilla de la futura ciudad al construir una fortificación en la atalaya rocosa que domina la desembocadura del río Bu Regreg en el Atlántico.

Esta ruta se enfoca en el centro histórico de cada ciudad, pero la superficie de los nuevos barrios supera con mucho a las medinas originales, y Rabat está remodelando su trazado con varios proyectos urbanísticos, especialmente en su fachada litoral. Con todo, sus tres grandes zonas de interés cultural abarcan una extensión considerable. La más antigua es la kasbah de los Udayas, que recibe el nombre de una tribu sahariana instalada en el siglo XIX.

Kasbah de los Udayas

Fortaleza de los Udayas
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Desde aquel primer campamento almohade del siglo XII, la alcazaba almorávide o la fugaz república de Salé que instauraron los moriscos expulsados de Castilla, esta kasba ha dominado hasta hoy el lugar más icónico de Rabat, con los jardines andalusíes, la puerta Bab el-Kébir y sus callejuelas encaladas entre miradores, murallas y museos.

Hacia el faro se extienden por la costa los cementerios musulmanes, acrecentando la sensación de aislamiento de la kasbah de los Udayas, pero en el interior encontramos una medina muy singular, menos caótica y enrevesada que las demás, donde no faltan calles rectas, riads y palacetes, cafés en los que cultivar el noble arte de la pereza, un animado mercado y personajes tan entrañables como las vendedoras de los puestos callejeros de comida o el señor Mohamed Aziz, conocido como «el librero más fotografiado del mundo».

 

Torre Hassan

Torre Hassan
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Saliendo por el zoco viejo y río arriba, a través del muelle, llegamos al hito monumental de Rabat: la Torre Hassan, parte de un minarete inacabado del siglo XII que prometía ser gigantesco, y el mausoleo de Mohamed V, más impresionante si cabe en su interior.

El moderno tranvía cruza el puente sobre el río para dejarnos frente a la puerta Lamrissa en las murallas de la ciudad de Salé, en buena medida anterior a Rabat, pues fue fundada hace más de mil años por la tribu amazigh de los Beni Ifren. Viejo nido de corsarios, maltratada por la decadencia e ignorada por los turistas, Salé conserva un ambiente auténtico, un zoco que solo frecuentan los locales, una madrasa de belleza íntima y algunos merenderos para disfrutar del pescado frito entre vecinos. Uno de los recuerdos que, personalmente, guardo con mayor placer de mi primera visita a Rabat, se me grabó en la retina al regresar de Salé en barca y contemplar el perfil de la kasbah de los Udayas sobre la desembocadura del río.

 

Casablanca

Casablanca
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Desde Rabat podemos tomar el último tramo del primer tren de alta velocidad de África, el flamante Al Boraq, que va de Tánger a Casablanca. Aunque la ciudad resulte algo desabrida, merece la pena detenerse en ella media jornada para visitar al menos la Gran Mezquita de Hassan II. Construida en 1993, se alza como un gigantesco faro sobre la costa y es la única del país a la que tienen acceso los no musulmanes. Está previsto que el tren Al Boraq llegue en el futuro a Marrakech, pero de momento otro tren cubre el trayecto en menos de tres horas.

 

Marrakech

Marrakech
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Fundada en el año 1062 y antigua capital de los imperios almorávide y almohade, Marrakech ya no es ajena a la gentrificación y al turismo masivo, pero tampoco ha perdido su poder de fascinación. El embrujo sobreviene al rodear sus murallas rojizas, cruzar sus puertas y entrar en el corazón palpitante de Djemaa el Fna.

Desde la enorme plaza, cualquier deriva por la medina garantiza una experiencia genuina ante el pulso de la vida en los zocos, la atmósfera atemporal de rincones inesperados o el atractivo de lugares como la magnífica madrasa Ben Youssef, los museos Dar el Bacha y de Marrakech, o el pequeño oasis de Le Jardin Secret en Mouassine. Al sur de la medina destacan el imprescindible Palacio de la Bahía, los espacios abiertos del Palacio El Badi y la solemne belleza de las Tumbas de la dinastía Saadí, que gobernó de Tánger a Tombuctú entre los siglos XVI y XVII.

 

Djemaa el Fna

Plaza Djemaa El Fna
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Al pasar de nuevo por Djemaa el Fna y dejar atrás su bullicio, atrae la atención el alminar almohade de la Kutubía. La mayor mezquita de Marrakech se levanta desde finales del siglo XII como vigía espiritual y brújula en el mapa urbano. A sus pies y a poniente, las fuentes y la vegetación del parque Lalla Hasna refrescan el aire de la tarde y el ánimo del paseante. Más lejos de la medina se agradece de nuevo la querencia de los marroquíes por el jardín, como el de Majorelle, un refugio botánico y artístico que ha cumplido ya su primer siglo. O el olivar y los jardines de la Menara, con la estampa de su pabellón, levantado en 1870 junto a un antiguo estanque almohade.

Al divisar la silueta del Atlas a lo lejos, quizá ya ribeteada por las primeras nieves, uno desearía explorar los valles que se esconden entre sus pliegues, recorrer la ruta de las kasbahs y llegar a las puertas del desierto. O como mínimo, soñar con esa aventura para un próximo viaje a Marruecos.