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Difícil decisión. ¿Cuál sería el pueblo blanco más bonito de Andalucía? Hay muchos candidatos: Arcos de la Frontera con sus vistas, Vejer de la Frontera con sus murallas, Setenil de las Bodegas con sus casas integradas en la roca, Grazalema con los paisajes del Parque Natural que lo rodea, Zahara de la Sierra con su imagen reflejada en el embalse, Casares con sus viviendas haciendo equilibrio sobre el vacío, u Olvera con su famoso castillo. Pero si se trata de optar por uno, aunque sea una decisión injusta, permítanme que señale a Frigiliana.
El hechizo de Frigiliana

Ubicada en la Axarquía malagueña, por sus calles empedradas, decoradas con motivos geométricos y artísticos, corre el ADN de los antiguos habitantes musulmanes que configuraron su trazado laberíntico, que era la mejor opción para adaptarse al escarpado terreno. Su pequeño centro, declarado Conjunto Histórico-Artístico, es un lugar donde uno no sabe qué rincón fotografiar, si el callejón El Garral, si las calles Real, Hernando El Darra, Zacatín o Alta, o el fascinante Jardín Botánico de Santa Fiora.
A cada paso se descubre una casa con sus geranios en flor, un mirador para contemplar la gama de verdes y marrones de la Axarquía, una tienda para comprar un recuerdo. También se encuentran algunas huellas históricas, como los restos del castillo del siglo IX, la iglesia de San Antonio de Padua, donde el estilo mudéjar dialoga con el renacentista; el palacio de los Condes de Frigiliana, transformado en la única fábrica de miel de caña de Europa en activo; y la Casa del Apero, actual Museo Arqueológico, biblioteca y centro cultural.
Los pueblos malagueños

Frigiliana suele ser un candidato firme cuando se trata de elegir cuáles son los pueblos más bonitos, ya no digamos de su provincia, sino de Andalucía o incluso de España. Así ha sucedido en varios listados elaborados por Viajes National Geographic.
Al colocar a Frigiliana en este selecto club, tampoco pueden dejarse de lado otras hermosas localidades malagueñas, como la vecina El Acebuchal, que ha resucitado tras haber sido abandonada; Casabermeja, reconocida como base de circuitos de senderismo por los Montes de Málaga y las sierras del Torcal; Casares con sus miradores y el pasado impreso en las paredes de su castillo, Archidona con su curiosa Plaza Ochavada o Genalguacil, donde cada año diferentes artistas dejan sus obras en las calles, muros y tejados del pueblo.
Entre dulces y guisos

Aquí pasear se traduce en subir cuestas, bajar escaleras, buscar miradores, foto aquí, foto allá. A pesar de su pequeño tamaño, la complicada orografía de Frigiliana fatiga las piernas. Pero no el espíritu. Por ello, cada tanto conviene hacer una pausa y probar su exquisita gastronomía.
Como decíamos, la industria de la caña de azúcar es uno de sus valores más importantes, un recuerdo que nadie puede dejar de degustar y llevarse a casa, con manjares dulces como la arropía (con aceite de oliva y miel de caña). Y también hay que estar preparado para descubrir los sabores de la Axarquía, como el choto (cabrito) al ajillo o con salsa de almendras, el potaje de hinojos o las berenjenas con miel.
Fuente: Viajes National Geographic