Mientras Versalles y Disneyland Paris concentran buena parte de los visitantes, hay otros destinos que permiten conocer pueblos medievales, castillos, bosques, jardines y ciudades históricas a poca distancia de la capital francesa.
Frente a la fachada de Notre-Dame, entre turistas y selfies, un disco de bronce instalado en el suelo suele pasar inadvertido. Se trata del point zéro des routes de France, el punto desde el cual se calculan oficialmente las distancias entre París y las demás ciudades del país.

La referencia estuvo fuera de su lugar durante casi seis años debido al incendio de abril de 2019, que obligó a retirar el disco junto con parte del atrio de la catedral. En julio de 2025 volvió a ser colocado sobre la piedra restaurada.
El punto tiene una historia que se remonta a 1769, cuando Luis XV firmó una carta patente para establecerlo en el atrio de Notre-Dame. En ese mismo sitio, durante la Edad Media, funcionaba la échelle de justice, la escalera donde los condenados pedían perdón antes de ser ejecutados o desterrados.
París continúa siendo así el centro de referencia, pero también un punto de partida para recorrer destinos que se encuentran a menos de dos horas de viaje. Pueblos amurallados, castillos excavados en la roca, antiguos escenarios de artistas y jardines vinculados con grandes escritores y pintores forman parte de este circuito alternativo.
Provins, una ciudad medieval
A unos 80 kilómetros al sudeste de París, Provins puede alcanzarse en alrededor de una hora y veinte minutos en auto. También existe una conexión ferroviaria desde la estación Gare de l’Est, con un viaje de algo más de una hora.
La ciudad conserva casi dos kilómetros de murallas, torres y calles empedradas dentro de un recinto declarado Patrimonio Mundial por su importancia como centro de las ferias medievales. Entre los siglos XII y XIV, las Foires de Champagne convirtieron a Provins en un importante punto comercial europeo.
Uno de sus principales atractivos es la Tour César, una construcción del siglo XII que domina la ciudad y permite observar el valle del Voulzie. También se puede visitar la Grange aux dîmes, antiguo depósito de granos que recrea los oficios y actividades comerciales de la época mediante una audioguía.
Provins tiene además una tradición vinculada con las rosas. Según la leyenda, fueron introducidas en el siglo XIII por un cruzado que las llevó desde Oriente Medio. Actualmente se utilizan para elaborar productos como mermeladas, licores y jabones.
Barbizon, el pueblo de los pintores
A unos 55 kilómetros de París, Barbizon se encuentra en el límite de Seine-et-Marne, cerca del bosque de Fontainebleau. El viaje en auto demanda aproximadamente una hora, mientras que también se puede llegar en tren hasta Melun o Fontainebleau-Avon y completar el trayecto en colectivo o taxi.

El pueblo quedó asociado a la pintura al aire libre. En 1824, el británico John Constable realizó bocetos del cercano bosque de Fontainebleau y poco después artistas como Théodore Rousseau y Jean-François Millet se instalaron en Barbizon.
Ese movimiento dio origen a la escuela de Barbizon, considerada antecesora directa del impresionismo.
El Musée départemental des peintres de Barbizon funciona en la antigua Auberge Ganne, el alojamiento donde convivieron artistas durante el siglo XIX. El recorrido conserva parte del mobiliario original. También se puede visitar la casa y taller de Millet, ubicada sobre la Grande Rue.
Las galerías de la calle principal mantienen la tradición artística del lugar con acuarelas y pinturas vinculadas con el bosque de Fontainebleau.
Fontainebleau, entre bosques y escalada
A poca distancia de Barbizon se encuentra la forêt de Fontainebleau, uno de los principales destinos internacionales para la escalada de bloque.
Luego de los incendios registrados en julio pasado, la Oficina Nacional de Bosques autorizó nuevamente el acceso al macizo. Más del 80% de la superficie volvió a estar disponible para actividades deportivas al aire libre, con excepción de una zona afectada de unas 2.000 hectáreas.
El bosque, conocido por los escaladores como Bleau, cuenta con más de 20.000 problemas de escalada catalogados sobre formaciones de arenisca. Entre los sectores se encuentran Apremont, Bas Cuvier y Trois Pignons.
Las dificultades están identificadas mediante colores pintados sobre las rocas, desde circuitos blancos para principiantes hasta recorridos rojos para escaladores experimentados. También existen bloques sin señalización.
La tradición de la escalada en Fontainebleau se remonta, entre otros antecedentes, a Pierre Allain, quien en 1933 abrió allí el primer paso calificado con grado 5 de la escala francesa.
Para quienes no practican ese deporte, los senderos entre las formaciones rocosas del bosque ofrecen otra posibilidad para recorrer el lugar.
La Roche-Guyon, un castillo dentro de la roca
A unos 70 kilómetros al noroeste de París se encuentra La Roche-Guyon, en el Vexin francés. El trayecto en auto lleva aproximadamente una hora. También se puede viajar en tren desde Saint-Lazare hasta Vernon y completar el recorrido en taxi o colectivo.

La Roche-Guyon integra el listado de los pueblos más bonitos de Francia y es el único de la región de Île-de-France que cuenta con esa distinción.
Su principal atractivo es un castillo que combina una fortaleza medieval excavada en un acantilado de caliza con un palacio construido en el siglo XVIII a sus pies. Es, además, el único ejemplo de castillo troglodita de los alrededores de París.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el mariscal Rommel instaló allí su cuartel general, aprovechando la protección natural que ofrecían las estructuras subterráneas.
La visita incluye el palacio, la torre del homenaje del siglo XII y los túneles excavados en la roca. Desde el donjon se obtienen vistas sobre el valle del Sena.
A pocos minutos del castillo también se encuentra la iglesia troglodita de la Annonciation, construida directamente en la piedra del acantilado.
Illiers-Combray, tras las huellas de Proust
A unos 115 kilómetros al sudoeste de París, cerca de Chartres, se encuentra Illiers-Combray. El viaje en auto lleva aproximadamente una hora y cuarto, mientras que en tren desde Montparnasse el trayecto, con conexión en Chartres, puede extenderse entre una hora y media y dos horas.
El pueblo incorporó oficialmente el nombre Combray en 1971, en homenaje a Marcel Proust, quien pasaba allí sus veranos de infancia y convirtió al lugar en uno de los escenarios de En busca del tiempo perdido.
La Maison de tante Léonie, donde vivieron familiares del escritor, funciona actualmente como museo. Allí se conserva la habitación vinculada con el episodio de la taza de tilo y la madeleine que, en la novela, desencadena el mecanismo de la memoria involuntaria.
El recorrido por las calles de la localidad permite reconstruir parte del paisaje que Proust conoció durante su infancia.
Giverny, el jardín de Claude Monet
A unos 75 kilómetros al noroeste de París, ya en el límite con Normandía, se encuentra Giverny. En auto se llega en unos 50 minutos por la A13. También hay trenes desde Saint-Lazare hasta Vernon-Giverny y un servicio de transporte que conecta la estación con el pueblo.
Claude Monet vivió en Giverny durante 43 años, desde 1883 hasta su muerte en 1926. Allí transformó el terreno frente a su casa en un jardín que posteriormente se convertiría en motivo de numerosas de sus pinturas.
La propiedad se divide en dos sectores. El Clos Normand se encuentra frente a la casa y reúne distintas variedades de flores, mientras que del otro lado del camino está el jardín acuático, con el puente japonés, los sauces llorones y los nenúfares que protagonizaron buena parte de la serie Les Nymphéas.
La Fondation Claude Monet permanece abierta entre abril y octubre, todos los días de 9.30 a 18. La llegada temprano es recomendable, especialmente durante la primavera, cuando el jardín recibe una gran cantidad de visitantes.
Rennes, la ciudad de las casas medievales
Rennes es el destino más alejado de este recorrido, a unos 350 kilómetros al oeste de París. Sin embargo, el TGV permite cubrir la distancia en poco más de una hora y media desde la estación de Montparnasse. En auto, el viaje supera las tres horas y media.
La ciudad conserva en su casco histórico una de las colecciones de casas con entramado de madera mejor preservadas de Francia. Muchas de ellas son de origen medieval y renacentista y sobrevivieron al incendio que en 1720 destruyó buena parte del centro histórico.
La Place du Champ-Jacquet y la Rue du Chapitre concentran algunos de los ejemplos más destacados, aunque también pueden encontrarse construcciones de este tipo al recorrer las calles adoquinadas del centro.
El Parlamento de Bretaña, construido entre 1618 y 1709 para albergar a la corte de justicia regional, y la catedral de Saint-Pierre completan el recorrido.
Los sábados, la Place des Lices recibe uno de los principales mercados de Francia, con productores de distintas zonas de Bretaña. Entre las especialidades locales se encuentra la galette-saucisse, una salchicha envuelta en una galette de trigo sarraceno que suele comerse de pie y sin cubiertos.
Así, más allá de las excursiones tradicionales a Versalles o Disneyland Paris, los alrededores de la capital francesa ofrecen alternativas para quienes buscan combinar historia, literatura, arte y naturaleza en viajes cortos desde París.