Pasear por estos jardines es como viajar en el tiempo, sentirse como un miembro de la alta burguesía que, con bastón y sombrero canotier (en el caso de ellos), o un vestido de dos piezas y abanico (en el de ellas), pasearía por los setos mientras comentaría las tensiones de Napoleón III con Prusia, la lucha para evitar la filoxera entre los viñedos del Languedoc y Provenza o la revolución en los pueblos y campos por la llegada del ferrocarril. Si no fuera porque uno saca el móvil a cada minuto para hacer fotos, se tendría la sensación de estar en un pueblo al sur de Francia que cambiaba demasiado rápido en el último tercio del siglo XIX.

Fuente: revista Viajes National Geographic

El encanto de los jardines de Marqueyssac

jardines de Marqueyssac
Foto: Shutterstock

Estos son los jardines de Marqueyssac, un pulmón verde de 22 hectáreas que rodea el castillo homónimo, un predio que se asoma al precipicio de 130 mts de alto, con el río serpenteante Dordoña que corre por allí abajo. Es un lugar que sus promotores describen como un balcón que ofrece “las vistas más hermosas del Perigord Norte”, área histórica que forma parte de la región de Nueva Aquitania, al suroeste del país vecino.

El castillo, construido a fines del siglo XVII por Bertrand Vernet de Marqueyssac (consejero de Luis XIV), es bastante modesto comparado con los palacios que lo rodean y que se pueden contemplar a la distancia, como el de Castelnau-la-Chapelle o el de Beynac. A lo sumo, llama la atención su techo de lajas que pesa unas 500 toneladas. Nada menos.

La revolución verde

jardines de Marqueyssac
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Si bien los jardines contaban con una buena dotación de árboles como cipreses, tilos y robles, a mediados del siglo XIX la llegada del exmilitar Julien de Cerval revolucionaría el entorno. Tras comprar la finca, que estaba bastante abandonada, dedicó toda su vida a convertir el lugar en un paseo romántico, con cascadas, miradores, teatros vegetales y rocallas (decoración de piedras y plantas) que forman parte de un circuito de seis kilómetros; senderos que se bifurcan, tuercen, van y vienen para caminar sin prisas. Para ello, ordenó plantar tilosarboles de Judasplátanosolmos y especies que había conocido en sus campañas en Italia, como pinos piñoneros y el ciclamen de Nápoles.

Pero el parque tiene un protagonista clave: el boj. Los jardines de Marqueyssac cuentan con 150.000 arbustos de este tipo, que periódicamente son podados con formas curvas en la técnica conocida como arte topiario, que crea sugestivas formaciones orgánicas, como si fueran gigantescos algodones de azúcar verdes.

Si todo se ve tan bonito y bien cuidado es porque este parque fue abierto al público en 1997 (12,90€ la entrada, 6,50€ los menores), tras cinco años de trabajos que resucitaron el parque y el castillo que habían quedado -una vez más- abandonados.

Paseando por los jardines

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El paseo se articula en torno a tres itinerarios que conducen al Mirador o Belverede del Dordoña: el Paseo de los Acantilados, el de las Alturas (más empinado, donde se pasa por un vía crucis y una cabaña en forma de campana), y el de la Gran Alameda, que conduce al Refugio del Poeta.

Cada tanto se escucha un sonido que parece el de un gato maullando de forma extraña, pero en realidad son los pavos reales que están en pleno cortejo, y que se pasean tan orondos con su cola desplegada. También hay ejemplares de palomas en la pajarera y, como nota extraña de la vida natural, en el Pabellón de la Naturaleza se puede ver un esqueleto de alosaurio de 7,5 mts de longitud y 2,5 mts de altura descubierto en EEUU.

Actividades de divulgación y aventura

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Además de pasear por los jardines, contemplar las vistas que se despliegan en el valle del Dordoña o de tomar un té en los elegante salones del castillo o la terraza, en el lugar se pueden realizar toda clase de actividades relacionadas con la botánica y la vida al aire libre. Para los más pequeños hay cursos de iniciación a la escalada, taller de tornería (donde se enseña a trabajar la madera de boj) o de divulgación sobre las abejas, y un sendero de 100 mts que transcurre entre las copas de los árboles.

Para los jóvenes y adultos más aventureros, hay un circuito de vía ferrata que transcurre por unos 200 mts por la pared del acantilado rocoso (180€ por persona), con los cables de acero suspendidos a 15 mts de altura, en una experiencia que dura unos 45 minutos

En ocasiones puntuales, como el próximo 28 de agosto, más de 2.000 velas y 150 fuentes de luz iluminan los jardines por la noche, desde el Paseo de los Acantilados hasta las cascadas, en una imagen crepuscular tan romántica como la había soñado aquel militar que encontró en este rincón del Perigord su lugar en la tierra.