Un viaje en pleno invierno es mucho más que salir de nuestra rutina, de nuestra zona de confort. Equivale a atravesar media Europa para adentrarse en paisajes petrificados por el hielo, donde las noches se iluminan con la aurora boreal y los pueblecitos se agazapan al calor de las chimeneas. Y aunque podamos sentir que estamos donde terminan todos los mapas, viajar por una de las regiones más septentrionales del planeta resulta realmente sencillo. Solo hay que abrigarse un poco más de lo normal.
Fuente: revista Viajes National Geographic.
PRIMERO, SANTA CLAUS

Rovaniemi suele ser el punto de llegada para muchos viajeros, el contacto iniciático con el Norte profundo. Y es un lugar que nos da la razón en eso de que algo de magia hay en estas latitudes. No lo decimos solo porque aquí todo el año se respire la euforia navideña en el Santa Claus Village, la ciudad oficial de Papá Noel, cuya Oficina de Correos recibe anualmente más de medio millón de cartas procedentes de 198 países del mundo. La magia del invierno lapón palpita en Rovaniemi sobre todo porque justo en ella se cruza la invisible frontera del Napapiiri, el Círculo Polar Ártico, a una latitud 66º Norte. Es el punto más al sur donde experimentar la noche polar, o lo que es lo mismo, conocer cómo es eso de que durante varias semanas el sol no supere nunca el horizonte.
VIAJES ARQUITECTÓNICO POR ROVANIEMI

La onírica Rovaniemi es una ciudad sumida en extrañas luces crepusculares que muchos conocimos en los años 90 gracias a que Julio Medem rodó en ella la compleja historia de amor Los Amantes del Círculo Polar. Rovaniemi quedó destruida casi por completo después de la Segunda Guerra Mundial y fue el arquitecto finlandés más ilustre, Alvar Aalto, el encargado de planificar su reconstrucción. Muchos visitantes –deslumbrados por las permanentes luces navideñas– lo pasan por alto, pero Rovaniemi tiene ayuntamiento, biblioteca y teatro firmados por un Aalto que, a pesar de estar a la altura de Le Corbusier o Mies van der Rohe, nunca ganó el Pritzker porque murió veinte años antes de que el galardón fuera inventado.
Más allá de Rovaniemi la Laponia finlandesa es bosque. Casi todo el territorio al norte del Círculo Polar lo es. El naturalista David Attenborough, con su voz profunda, nos diría que los abetos, los pinos y los abedules de la taiga boreal forman uno de los organismos vegetales vivos más extensos del planeta. Aquí hay árboles mires donde mires y, en invierno, debido a la combinación del viento y las bajas temperaturas, quedan inertes, con la nieve petrificada en sus ramas como si el frío los hubiera pillado desprevenidos.
LAS JOYAS DEL Parque Nacional Pyhä-Luosto

Trascendiendo esa línea del Círculo Polar que pasa por el centro de Rovaniemi dirección Norte, el Parque Nacional Pyhä-Luosto es la arboleda que tienen más a mano los habitantes de la ciudad –unos 65.000– cuando quieren adentrarse en esta naturaleza que en invierno vive muy por debajo de los cero grados. Raquetas de nieve, esquís de travesía, trineos tirados por renos o perros… cualquier medio de transporte es bueno para moverse entre abetos atosigados por el peso de la nieve. Pyhä-Luosto, que en el pasado se explotaba para la extracción de amatistas, es hoy hogar de alces, nutrias y osos pardos que pasarán hibernando los meses más fríos. Silencio y paz.
Un safari boreal por el Parque Nacional Oulanka-Paanajärvi

Hacia el oeste y también en tierra de osos, se extiende el Parque Nacional Oulanka-Paanajärvi, que abarca un sector finlandés y otro ruso. La sección de Oulanka es el hogar de depredadores emblemáticos como los linces boreales, los lobos y el rarísimo glotón (Gulo gulo), un mustélido del que apenas se cuentan unas pocas decenas en la región. Oulanka también debe su fama a la abundante población de aves propias de los bosques boreales; se han contabilizado más de 150 especies, entre ellas, águilas reales, urogallos y varios búhos como el imponente cárabo lapón (Strix nebulosa).
La presencia de tan variado y raro vecindario animal ha animado a los responsables del parque a habilitar un puñado de senderos para la observación de fauna invernal. El camino más popular es el Pieni Karhunkierros (Pequeño Círculo del Oso), que discurre junto al río Oulanka a lo largo de 12 km y que constituye la versión reducida del famoso Karhunkierros, de 82 km, que únicamente es transitable cuando no hay nieve.
Las cascadas heladas de la Reserva Natural de Korouoma

A la vera de Oulanka se extiende otra reserva natural, la de Korouoma, que protege las dos vertientes del cañón del Korojoki y el curso superior del río Kemijoki.En el siglo XIX hubo aquí varias explotaciones madereras que se sirvieron de los cauces fluviales para transportar los troncos río abajo. Hoy, de aquellos tiempos de camisa de cuadros y hacha en ristre quedan algunas instalaciones en forma de canales y refugios de madera.
En Korouoma también se ubican las desafiantes cascadas heladas Ruskeavirta y Mammutti, ambas de 60 m de altura, imán para numerosos senderistas y escaladores que tras la jornada deportiva no dudan en montar un pícnic invernal. Y es que los finlandeses son auténticos profesionales de estas comidas al aire libre en las que no importa qué temperatura marque el termómetro. Para ello cuentan con dos útiles que son la quintaesencia del buen excursionista patrio: una navaja Marttiini (la marca de cuchillos artesanos más prestigiosa de Finlandia) y una kuksa, una taza labrada en madera que igual se usa para beber de los arroyos que para tomarse un café bien caliente. En estos típicos almuerzos al aire libre nunca faltan las salchichas cocidas al fuego, el pan de centeno (ruisleipä) y el zumo de arándanos.
El oasis civilizado de Ruka Village

El contrapunto a la naturaleza salvaje de Korouoma lo pone el Ruka Village, un escueto oasis urbano en medio de las arboledas que nació para dar servicio al complejo esquiable de Ruka, que presume de tener una de las temporadas más largas del mundo. Su lema «Nieve más de 200 días al año» está asegurado no solo por las bajas temperaturas y la alta precipitación propias de estas latitudes, sino también por la existencia de un extenso complejo de cañones de nieve artificial que trabajan cuando la climatología no promete grandes nevadas.
Esquí y, después, sauna

Y allí donde hay esquí, inevitablemente hay après-ski. Los finlandeses, que fueron quienes aportaron al lenguaje mundial la palabra «sauna», son los primeros en predicar con el ejemplo de cómo finalizar un día de deporte al aire libre. Una sesión de sauna puede durar diez minutos o convertirse en todo un evento social que se alargue varias horas. El ritual completo suele combinar la sauna con baños en lagos helados, jacuzzis, tratamientos de belleza y una merienda. En el área de Kuusamo incluso se ha popularizado la experiencia del Sauna Tour, que consiste en visitar diversas saunas a bordo de un autobús climatizado para que no sea necesario ni quitarse el albornoz mientras se va de una a otra.
El remoto y sabroso Parque Nacional Urho Kekkonen

Más al norte, situados en la latitud 68º N, los lagos de Lokan y Porttipahdan son la puerta líquida –congelada en invierno– al Parque Nacional Urho Kekkonen, cuyos bosques también bordean la frontera rusa. Hectáreas y hectáreas de arboleda masiva y humedales en los que crece la preciada Rubus chamaemorus, una mora ártica que los finlandeses llaman hilla o lakka, con la que elaboran multitud de tartas, mermeladas y licores. Estas delicadas bayas de color anaranjado y recolección compleja –porque, como pasa con las setas, hay que saber encontrarlas– están consideradas entre las delicias gastronómicas del país.
En una era en la que nos hemos acostumbrado a que la gastronomía sea slow y organic, los finlandeses le han dado otra vuelta de tuerca al concepto añadiéndole el apellido wild (salvaje). Así, en Laponia, muchos establecimientos ofrecen recetas a base de productos que se pueden encontrar en los bosques locales, como carne de caza, peces recién capturados en ríos y lagos –percas, truchas y muikkus–, setas, hierbas aromáticas… y todos esos frutos rojos para los que no hay traducción al castellano, que se recogen en primavera y se congelan para condimentar platos el resto del año.
El Parque Nacional Urho Kek-konen se emplaza dentro de los límites de Inari, la mayor municipalidad de Finlandia, un lugar de superlativos que presume de ocupar más de 17.000 km2 y de tener cuatro lenguas oficiales, el finés, el sami de Inari, el sami del Norte y el sami Skolt. Y es que un tercio de los escasos habitantes de Inari –apenas 7.000 almas en total– son sami (sápmelas en su propio idioma), el pueblo autóctono del norte de Europa que tiene su hogar repartido entre la península de Kola, en Rusia, hasta los montes del sur de Noruega.
la cultura sami

Los sami siempre han vivido en el área escandinava; desde el inicio de los tiempos. Primero como cazadores-recolectores migrados aquí desde Centroeuropa tras la última glaciación hace 10.000 años, después como semi-nómadas –pastores de renos–que nunca sufrieron la visita de romanos, vikingos y otros pueblos expansionistas que cambiaran sus formas de vida. El frío extremo al que nadie se atrevía, mantuvo de este modo sus costumbres.
La vida en las kotas

Antiguamente los sami se organizaban en siida, pequeños grupos familiares que se enfrentaban a los rigores del invierno septentrional alojados en kotas, unas cabañas de madera y forma cónica, similares a las tiendas de los nativos americanos. Y aunque su cultura, sus lenguas diferenciadas y sus tradiciones se han conservado generación tras generación, en la actualidad los sami deFinlandia tienen el mismo estilo de vida que el resto de finlandeses y gozan de Parlamento propio desde 1973.
La sede principal de este órgano legislativo, junto con la de otras organizaciones culturales sami, se halla en el imponente Edificio Sajos, en Inari, todo un alarde de arquitectura contemporánea en madera firmada por el estudio finlandés HALO. El sinuoso Edificio Sajos compite en popularidad y número de visitantes con otra construcción vecina, Siida, que alberga el Museo Sami y un centro de interpretación dedicado a la naturaleza lapona.
Las codiciadas luces del norte

Precisamente ellos, los antiguos habitantes de estas tierras, fueron los primeros en observar y dar explicación al «fenómeno de los fenómenos» en estas latitudes: la aurora boreal. Los antiguos creían que este prodigio lo provocaba un zorro gigante al agitar su cola sobre la tundra ártica y precisamente la palabra finlandesa para describir las luces del Norte es revontulet, literalmente «fuego del zorro». Y aunque la realidad es mucho menos romántica –las auroras son consecuencia del choque de las partículas liberadas por el sol con los gases presentes en la atmósfera terrestre en los polos–, la visión de este fenómeno es el primero de los motivos para muchos para salir de la zona de confort y emprender un viaje hasta el norte finlandés.
Anochece en el lago Inari

En las inmediaciones del lago Inari, un lugar alejado de todo y de todos, algunas compañías locales organizan safaris para ver este curioso baile de luces en el cielo. Esas salidas incluyen rutas en trineos tirados por perros o por renos, cabañas de madera o ancestrales kotas sami para pasar la espera al calor de una hoguera y una taza de café caliente; e incluso hoteles que con el techo de la habitación de cristal permiten contemplar el fenómeno sin siquiera salir de las sábanas.