Sabía que Colmar era una ciudad de trampantojos y señuelos. A finales del siglo XIX, el joven estado de Prusia decidió unirse al recién nacido turismo burgués haciendo propaganda de su última conquista, Alsacia, poniendo a Colmar en el foco. ¿Cómo? Bautizándola como la Venecia del Norte, inaugurando un abanico de metáforas publicitarias y generosas que hoy en día está más que vigente. Luego llegaron los paseos en barca por los escuetos canales y, con ellos, la experiencia turística que definiría hasta nuestros días a esta localidad. Reconozco que invertí demasiado tiempo en mirar cómo avanzaban las barcas en el Muelle de los Pescadores.
Fuente: Viajes National Geographic

Quizás fuera por eso o por mi empeño en desafiar los cálculos de Google Maps, el caso es que llegué más tarde de lo debido al Museo Unterlinden. Aquel 2015 se había inaugurado la ampliación de esta institución, un edificio diseñado por mis entonces venerados arquitectos suizos Herzog & de Meuron y yo, con cierta voracidad profesional, decidí que no me lo podía perder.
El proyecto no me podía motivar más. Ante los numerosos Guggenheims semifallidos de inicios de los 2.000, este dúo helvético había optado por una ampliación tan sencilla como resultona: una réplica del prisma y el volumen de la iglesia del convento de monjas dominicas que, desde 1853, alberga este museo. Eso sí, con los códigos y los materiales modernos. Desde casa, me fascinaba lo que prometía: hacer de lo viejo algo nuevo para que los Picasso y compañía durmieran también bajo el tejado a dos aguas de aquel edificio tan vernáculo y moderno a la vez. Pero, como siempre, la revelación esperaba donde menos me lo esperaba.
Mari Carmen Duarte

Afuera ya era de noche. Maldije llegar tan tarde a la sala donde se expone la gran obra maestra maestra de esta colección. Incluso diría que es el cuadro sobre el que se edifica este museo desde que en 1919 llegó aquí huyendo de la I Guerra Mundial. En mis expectativas estaba contemplar la tenebrosidad del Retablo de Isenheim contrastando con la luz de la tarde entrando por las delicadas ventanas de la vieja iglesia. Y sin embargo, la densidad de la noche afuera me ayudó a ubicarme, a entender la obra.
Pintada para el Hospital de Antoninos de la localidad de Isenheim (de la que toma su nombre), esta obra buscaba sanar a través de la pintura. De hecho, la idea de sus mecenas era la de contagiar a los enfermos de ergotismo –una dolencia devastadora caracterizada por necrosis en la piel, gangrenas, alucinaciones y convulsiones– de cierta serenidad. La idea, un tanto sádica para los ojos del siglo XXI, era que los convalecientes encontraran en estas tablas el consuelo de una vida mejor en el Más Allá. De ahí que el conjunto se divida en una Crucifixión patética y en una Resurrección esperanzadora. Pero Matthias Grünewald fue un paso más allá.

A través de lo que después llamaríamos Expresionismo, logró pintar la obra maestra del misticismo alemán. Me sobrecogieron los gestos exagerados, los colores ácidos, el uso del verde en el cuerpo crucificado para acentuar el dolor y de los naranjas incandescentes para festejar la Resurrección. Me provocó cierto silencio. Y por suerte, lo pude ver en intimidad.
Recuerdo tener la mirada perdida en el reverso del cuadro, en el lado de la Resurrección, cuando de repente una luz rosada entró por la ventana. Era finales de noviembre. Era Adviento en el calendario cristiano. Eran los primeros días del Mercadillo de Navidad en la agenda turística. De repente, la Resurrección se volvió más vívida y la Crucifixión, más Expresionista. Parecía que el mundo exterior se había alineado para exagerarlo todo. O incluso caricaturizarlo.

Efectivamente, afuera ya era Navidad. Me pareció divertido pasar del patetismo de un retablo al jolgorio de las bombillas. Incluso lo viví como una curiosa broma de la Postmodernidad: el nacimiento, la muerte y la resurrección de Jesucristo en un solo paseo y celebrada de forma muy diferente. Los viajes tienen estos instantes asíncronos, estos diálogos casuales entre épocas y representaciones completamente diferentes.
En este número de diciembre de Viajes National Geographic, que ya está en los kioscos, proponemos varias coordenadas capaces de invocar estos saltos temporales. Ahí están las edades de Colmar descritas por Carlos Pascual en un fantástico reportaje sobre Alsacia. Ahí esta Egipto y su nuevo Gran Museo Egipcio donde una civilización entera se cobija bajo un cofre contemporáneo plagado de simbolismo. O la Antártida, un continente incorrupto con unos hielos milenarios que se puede contemplar desde la borda de un crucero de expedición. ¡Disfruten de la lectura!