El festival comenzó el 15 de agosto en una granja del estado de Nueva York. Analizamos los mitos y las realidades del evento musical más famoso de la historia.

El viernes 15 de agosto de 1969, una granja de 240 hectáreas perteneciente al granjero Max Yasgur en Bethel, una localidad rural situada a unos 150 kilómetros al norte de la ciudad de Nueva York, se convirtió en el epicentro de un fenómeno sociológico sin precedentes. El Festival de Música y Arte de Woodstock, publicitado bajo el lema «Tres Días de Paz y Música», superó de inmediato todas las previsiones logísticas y de seguridad de sus organizadores para transformarse en el hito cúspide del movimiento hippie y de la contracultura juvenil de la década de sesenta, reuniendo a una multitud estimada de entre 400.000 y 500.000 personas.

El evento fue concebido inicialmente como un proyecto comercial por cuatro jóvenes emprendedores (Michael Lang, Artie Kornfeld, John Roberts y Joel Rosenman), quienes buscaban recaudar fondos para construir un estudio de grabación en la localidad artística de Woodstock. Tras enfrentar el rechazo de los residentes de varios pueblos de la zona debido al temor por la llegada masiva de jóvenes de cabello largo y posturas antibélicas, los organizadores consiguieron el terreno en Bethel apenas semanas antes del inicio. Al verse desbordados los accesos viales por una masa humana incontrolable, las boleterías colapsaron y el festival tuvo que ser declarado de acceso gratuito.

Durante tres días que se extendieron hasta la mañana del lunes 16 debido a las lluvias tormentosas, las condiciones del lugar se tornaron extremas. Escasearon los alimentos, el agua potable y los servicios sanitarios básicos, transformando el terreno en un inmenso lodazal. Sin embargo, a pesar del hacinamiento y el consumo masivo de sustancias psicoactivas, el evento se desarrolló con un nivel de convivencia pacífica asombroso, lo que ayudó a cimentar el mito de la utopía comunitaria de la época. La asistencia médica del ejército norteamericano, que envió helicópteros con insumos sanitarios y comida, evitó que la situación derivara en una catástrofe humanitaria.

El apartado estrictamente musical de Woodstock ofreció algunas de las puestas en escena más icónicas en la historia del rock mundial. El cartel incluyó a figuras de la talla de Joan Baez, Santana —cuya electrizante presentación lo catapultó al estrellato internacional—, Janis Joplin, The Who, Creedence Clearwater Revival, Jefferson Airplane, Joe Cocker —con su desgarradora interpretación de «With a Little Help from My Friends»— y Jimi Hendrix. Fue precisamente Hendrix quien cerró el festival en la mañana del lunes ante una audiencia ya reducida, ejecutando una versión distorsionada e industrial del himno estadounidense con su guitarra eléctrica, una protesta sónica explícita contra la Guerra de Vietnam.

La trascendencia de Woodstock se potenció gracias al estreno en 1970 del documental homónimo dirigido por Michael Wadleigh y editado por un joven Martin Scorsese, trabajo cinematográfico que obtuvo el premio Óscar y permitió que el impacto estético y político del festival alcanzara una dimensión global. Woodstock representó tanto el punto más alto como el principio del fin de una era de idealismo ingenuo; meses después, la tragedia del festival de Altamont expondría el lado oscuro de la escena del rock. Sin embargo, el encuentro en la granja de Yasgur quedó fijado en la historia contemporánea como el testimonio definitivo de una generación que intentó imaginar un mundo sin fronteras, basado en la música y la solidaridad colectiva.