El dramaturgo alemán murió el 14 de agosto de 1956 en Berlín Oriental. Su concepto de distanciamiento transformó la puesta en escena contemporánea.
El 14 de agosto de 1956, un ataque cardíaco terminó con la vida de Eugen Berthold Friedrich Brecht en Berlín Oriental. Tenía 58 años. La muerte del dramaturgo, poeta y director teatral no solo conmovió a las estructuras culturales de la República Democrática Alemana (RDA), donde lideraba el célebre Berliner Ensemble, sino que clausuró la biografía de uno de los intelectuales más influyentes y contestatarios de la modernidad. Creador del «teatro épico», Brecht revolucionó la puesta en escena occidental al proponer un modelo teatral que, lejos de adormecer al espectador mediante la catarsis emocional, buscaba despertar su conciencia crítica frente a las injusticias socioeconómicas del sistema capitalista.
Nacido en Augsburgo en 1898, Brecht comenzó su producción literaria en los convulsos años de la República de Weimar. Sus primeras obras, como Baal y Tambores en la noche, mostraban un fuerte tono expresionista y antibélico, producto de sus vivencias como enfermero militar durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, su consolidación artística y teórica llegó tras su aproximación al marxismo a finales de la década de 1920. El éxito descomunal de La ópera de los tres centavos (1928), con música de Kurt Weill, marcó el inicio de una nueva forma de espectáculo que subvertía las convenciones de la ópera y el teatro burgués tradicional.
El ascenso del nazismo en 1933 obligó a Brecht a un prolongado exilio que duró quince años. Perseguido por su ideología y de origen judío por parte de su esposa y principal colaboradora, la actriz Helene Weigel, el dramaturgo recorrió Dinamarca, Suecia, Finlandia y, finalmente, los Estados Unidos. Fue precisamente durante este período de desarraigo cuando escribió sus obras maestras maduras, piezas de una potencia textual inigualable como Madre Coraje y sus hijos —una feroz denuncia de los intereses económicos detrás de la guerra—, La vida de Galileo —un profundo debate sobre la responsabilidad social del científico frente al poder— y El círculo de tiza caucasiano.
En los Estados Unidos, el ambiente no le resultó hospitalario. En 1947, en los albores de la fobia anticomunista, Brecht fue citado a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses (HUAC). Tras un interrogatorio donde hizo gala de su agudeza irónica para evadir las acusaciones directas, abandonó el país al día siguiente rumbo a Europa, estableciéndose definitivamente en el sector soviético de Berlín, donde el gobierno comunista le otorgó los recursos necesarios para fundar el Berliner Ensemble, compañía teatral que se transformó en la vitrina artística de la Europa del Este.
El núcleo conceptual del legado brechtiano es el Verfremdungseffekt (efecto de distanciamiento o extrañamiento). Brecht utilizaba recursos técnicos visibles —carteles con textos explicativos, iluminación blanca y expuesta, canciones intermitentes que rompían la acción— para recordarle constantemente al público que estaba viendo una representación de la realidad y no la realidad misma. El objetivo final era evitar la identificación ciega con los personajes para que el espectador pudiera analizar las causas estructurales de los conflictos sociales expuestos. Su herencia estética e ideológica sigue siendo estudiada y recreada en escuelas de teatro del mundo entero, confirmando que sus textos siguen interpelando al poder con la misma urgencia que en el siglo pasado.