La Côte d’Azur –el litoral que se extiende de Marsella hacia el este hasta la frontera italiana– es la quintaesencia de las playas mediterráneas, intercaladas por pueblos provenzales de casas color pastel con tejados rojos y mercados bulliciosos. Las carreteras estrechas circulan entre bosques de encinas y olivares o se asoman a acantilados, y no sorprendería encontrarse con James Bond conduciendo un descapotable rumbo a Mónaco. Y todo aliñado con una buena dosis de glamour, arte y prensa rosa.
Fuente: National Gepgraphic Viajes
Mónaco, el microestado más glamouroso
En el segundo estado más pequeño del mundo después del Vaticano, todo es superlativo (y extravagante). Con apenas dos kilómetros cuadrados de superficie, no solo es el país con mayor densidad de población del mundo, sino también el que más millonarios concentra: el 30% de sus habitantes. Las actividades monegascas más conocidas son el juego en los casinos y la carrera de Fórmula 1 que cada año transforma la ciudad en un circuito. El mayor referente del país, sin embargo, es su familia principesca, una dinastía descendiente de sangre azul y del Hollywood dorado.

El mejor lugar para degustar algo de este ambiente exclusivo, es el histórico Casino de Montecarlo: un espacio hecho de mármol, cortinas pesadas, elementos dorados y esculturas clásicas donde no falta la diosa de la Fortuna. El acceso al vestíbulo es libre, pero para llegar hasta las mesas de juego es obligado pagar entrada y no ser del país, porque los monegascos lo tienen prohibido.
La realeza monegasca

Dejando atrás las tiendas de lujo vecinas al casino, el mercado de la Condamine permite conocer la vida corriente de Mónaco. En la parada Chez Roger ofrecen dos humildes y deliciosas especialidades locales: la pissaladière, una masa tipo pizza con cebolla sofrita y anchoas, y la socca, algo así como una crêpe salada hecha con garbanzos en lugar de trigo, a la que espolvorean pimienta negra y que sirven en un cucurucho de papel.
En lo más alto del Rocher, el peñasco sobre el que se asienta el barrio antiguo de Mónaco, se halla el Palacio del Príncipe, un edificio de piedra blanca del siglo XVII levantado sobre una fortaleza genovesa del siglo XIII. Residencia de la familia principesca, cumple todo lo que se puede esperar de un palacio real, incluido un pomposo cambio de guardia. Antes de abandonar el Rocher conviene visitar el Museo Oceanográfico, un centro moderno dedicado a los ecosistemas marinos mediterráneos que se fundó en 1910 y que dirigió Jacques Cousteau entre 1957 y 1988.
Tras los pasos de Nietzsche

Para ir de un sitio de cuento a otro, ¿qué mejor que una carretera de película? Las Corniches, tres vías que serpentean paralelas al mar, son la mejor manera de saborear el paisaje. Por aquí conducía un descapotable Grace Kelly, futura princesa de Mónaco, con Cary Grant cuando rodaban Atrapa a un ladrón a la órdenes de Hitchcock. Y por aquí llegamos nosotros a Èze, un pueblo medieval que trepa por un acantilado de cara al mar.
Lo mejor es visitarlo a primera hora de la mañana o a última hora de la tarde para evitar el calor y las aglomeraciones, y subir a pie por el llamado Camino de Nietzsche. Dicen que el pensador alemán solía pasear por aquí en busca de inspiración y que la encontró, pues en Èze escribió una parte de su obra Así habló Zaratustra. Este paseo de poco más de una hora nos transporta varios siglos atrás, cuando el pueblo pertenecía a la casa de los Saboya (en el siglo XIV y de nuevo en 1814) y era atacada por corsarios y por las tropas francesas; Eze se incorporó a la República Francesa definitivamente en 1860.

Los restos de las murallas y los viejos edificios son hoy una encantadora escenografía que envuelve talleres de artistas, cafés y restaurantes, uno de ellos (La Chèvre d’Or) con dos estrellas Michelin. Pero Eze no es solo un pueblo bonito, desde sus más de 400 m de altura se abarca buena parte de la Costa Azul: el turquesa y zafiro de sus aguas, la península de Cap Ferrat y el Tête de Chien, el promontorio de 550 m que se alza sobre Mónaco. Otro mirador excelente es el cercano Jardín Exótico, creado después de la Segunda Guerra Mundial sobre las ruinas del antiguo castillo. El colofón de la visita a este pueblo será darse un chapuzón en la tranquila playa de Èze-sur-Mer.
La gran ciudad de la Costa Azul

La siguiente etapa del viaje es Niza, la capital de la Costa Azul, cuyo aeropuerto internacional es para muchos la puerta de entrada a la región. La ciudad concentra esencia provenzal, ambiente cosmopolita y, con la frontera a solo 40 km, carácter italiano. Aquí conviven la elegancia y sofisticación de los hoteles de alta gama y los yates de su puerto con el ambiente popular del barrio antiguo, el Vieux Nice, lleno de pequeños bares, restaurantes, tiendas y talleres de artistas.
La Promenade des Anglais es exactamente lo que el nombre indica: un paseo que costearon hace cien años los británicos. Recorre la bahía de los Ángeles bajo la sombra –es un decir– de las palmeras, al lado de las playas. Algo que puede sorprender es que algunas son privadas y solo se accede previo pago, lo que da derecho a tumbona y parasol, además de servicio de bar. Para encontrar playas de arena fina hay que ir a los vecinos pueblos de Villefranche-sur-mer, Saint-Jean-Cap-Ferrat o Beaulieu-sur-mer.

Siempre es buena idea dar una vuelta por el mercado al aire libre Cours Saleya,comprar jabones o saquitos de lavanda, pasar por el mercado de flores o darse un capricho gastronómico y disfrutar de media docena de ostras con una copa de vino blanco a un precio razonable. Antes o después, será inevitable pasar por la heladería Fenoccio y probar sabores locales tan atrevidos como la tourte de blettes (torta de acelgas con pasas y piñones), el helado de aceitunas o, cómo no, el de lavanda.
Una de las cunas del turismo

El azur es un color que se define como «el azul del cielo despejado», y de eso tienen mucho en esta costa francesa, donde el sol luce 300 días al año. No es de extrañar que fuera uno de los primeros destinos turísticos del mundo. La «descubrieron» en el siglo XVIII un puñado de aristócratas ingleses con ganas de huir del frío y de la humedad, que empezaron a instalarse algunas semanas al año en la que bautizaron como French Riviera.
Más tarde llegaron pintores, escultores y escritores a los que, pronto, se sumó el mundo del cine y su famoseo. Todos ellos han ido dejando su rastro en museos, esculturas urbanas y localizaciones de cine señalizadas que no han mermado el atractivo de su paisaje natural y de sus pueblos.
Huellas artísticas

Los aficionados al arte tienen una cita en Cagnes-sur-mer. Al poco de salir de Niza en dirección oeste se halla la finca donde vivió Renoir. Se trata de una casa de muros de piedra y contraventanas azul celeste, preciosa por dentro –conserva el estudio del pintor y se exponen algunas de sus obras– y por fuera, con un enorme jardín en el que crecen olivos y cítricos.
Al seguir la ruta, de pronto aparece un colina con un pueblo ideal encaramado en lo alto. Es Saint-Paul-de-Vence, un núcleo compacto, de piedra vista, del que solo sobresale el campanario de la iglesia, sin ningún edificio que desentone y ahora repleto de talleres y galerías de arte. A principios del siglo XX no debía de ser fácil la vida allí. Pero llegaron los artistas –la mayoría tras la Segunda Guerra Mundial– y lo que era viejo lo vieron bello. A partir de entonces, todo cambió en aquel pueblecito.
De Chagall a Matisse

Algunos pintores lo convirtieron en su casa para siempre, como Marc Chagall, quien los últimos años de su vida se instaló con su mujer en La Colline y ambos fueron enterrados en el cementerio municipal. También descansan allí Marguerite y Aimé Maeght, impulsores de la Fundación Maeght, un magnífico museo de arte moderno que ocupa un edificio diseñado por el catalán Josep Lluís Sert.
El vecino pueblo de Vence depara otra sorpresa: la capilla del Rosario. Fue diseñada hasta el mínimo detalle por Henri Matisse, desde la estructura y el mobiliario, hasta las vestiduras de los sacerdotes, los murales y las maravillosas vidrieras que dejan pasar la nítida luz provenzal.
Más allá del Mediterráneo

A pesar del nombre, la Costa Azul no es solo «costa». Al norte de Vence, el Parque Natural de los Préalpes d’Azur preserva parajes tan sugerentes como las cascadas del Saut du Loup o las misteriosas rocas negras de la denominada Village Nègre. Antes de volver junto al mar, nos detenemos en Grasse. Podría ser otra más de las encantadoras ciudades medievales de la región, pero esta ciudad universitaria es famosa por ser la capital internacional del perfume. No es extraño que Patrick Süskind ambientara su novela El perfume en Grasse.
Los campos de flores que tapizan los alrededores –sobre todo nardos, rosas y jazmines– son la base de una industria que está en plena forma desde el siglo XVI. Actualmente existen una treintena de productores de perfumes y algunos de ellos se pueden visitar e incluso ofrecen talleres para fabricar esencias personalizadas. Vale la pena conocer la casa Fragonard, fundada en 1926 y con un museo gratuito en el que se exponen objetos muy curiosos, como flascones orientales o el neceser de viaje de una dama rica del siglo XIX que incluye un centenar de objetos, algunos para el cuidado de las uñas y de la boca tallados en nácar y marfil.
Las islas de la fantasía

Es momento de volver al mar, y lo mejor es hacerlo por la puerta grande, descubriendo las islas Hyères. No hay grandes distancias en la Costa Azul y la belleza del paisaje compensa de sobras el rato que pasamos en el coche. Nuestro destino es un pequeño archipiélago que se avista desde la costa. Las Hyères son un enclave rebosante de historia y de naturaleza, con vestigios griegos, romanos, barcos hundidos, fuertes militares modernos y toda la belleza mediterránea en unas pocas hectáreas de tierra y mar que, por suerte, están protegidas.
Porquerolles es la mayor de las tres islas y la que está más cerca, a solo veinte minutos en barco. Tan pronto como se pisa tierra, lo mejor es alquilar una bicicleta y seguir alguno de los senderos marcados –está totalmente prohibido salirse del camino–. En el sur hay acantilados, rocas y calas de difícil acceso; el norte en cambio es una línea de playas de arena blanca y agua cristalina. El centro de la isla es un tapiz de bosques y viñedos. De hecho, cuenta con tres bodegas que elaboran vinos cada vez más prestigiosos; una de ellas, Domaine de l’île, es propiedad de Chanel.

En la isla de Levant conviven dos comunidades antagónicas: los militares, que ocupan el 90% del territorio, y los naturistas, que hace casi un siglo fundaron el histórico pueblo de Heliópolis. En esas veinte hectáreas de acceso libre la ropa solo es obligatoria alrededor del puerto y en la plaza del pueblo, mientras que en la playa de las Grottes está prohibido ir vestidos.
En la isla de Port-Cros, la verdad, los humanos sobramos. Podemos ir pero intentando dejar el mínimo rastro de nuestra presencia, y solo recorriéndola a pie. Para completar la experiencia, hay barcos con fondo de cristal y otras embarcaciones que se adentran en el mar en busca de delfines y, según la época, también de ballenas.
Sorpresas en Toulon

De nuevo en tierra firme, nos dirigimos a Toulon, la ciudad por descubrir. Construida alrededor de una bahía, su historia está ligada al puerto y a la defensa militar desde la época romana, y aunque carece del glamour que le han dado los famosos a casi todas sus poblaciones vecinas, no le faltan atractivos. Es muy recomendable empezar a conocerla desde las alturas del monte Faron, accesible en teleférico, y visitar el Memorial del Desembarco en la Provenza que recuerda el desenlace del final de la Segunda Guerra Mundial.
A continuación conviene adentrarse por la Basse Ville, con su icónica Rue des Arts, que no es solo una calle, sino una pequeña zona dedicada al arte y a la artesanía popular. No hay que perderse por nada del mundo Les Halles. Este antiguo mercado instalado en un edificio art déco se ha reconvertido en un centro gastronómico donde se pueden comprar y degustar productos locales, con una terraza para relajarse. Por la mañana o la tarde, vale la pena probar el chichí fregit, la versión local de los churros; y para comer, la bourride, una sopa a base de pescado blanco y alioli con pan, un plato primo hermano del mallorquín borrida de bacallà.
La meca de la sofisticación

Si de Toulon sabemos poco, con Saint-Tropez pasa lo contrario. O eso es lo que creemos, porque esta célebre localidad tiene múltiples caras. Existe el Saint-Tropez que vibra en verano, con coches descaradamente lujosos aparcados en calles perfectamente normales, yates y veleros que parecen mansiones, discotecas y beach-clubs frecuentados por alguna celebridad y muchos parisinos. Es la cara de un pueblo presionado por mantener la fama que alcanzó a partir de 1956, cuando se rodó la película Y dios creó a la mujer, con Brigitte Bardot como protagonista.
Existe otro Saint-Tropez, el de calles estrechas y tranquilas, cafés encantadores y pequeños restaurantes (Chez Tatie, Chez Madelaine…). Con espacios mágicos, como la romántica y fresca callejuela Étienne Berny, aromatizada por adelfas, magnolias y eucaliptus, sombreada por parras y con la curiosa Maison des Papillons, donde se exponen miles de mariposas. Hay también rincones inesperados, como la pequeña plaza Rafèu de Garezzio, con una fuente, un par de olivos, una galería de arte y el solidísimo muro de una antigua torre de defensa.
Aún podría nombrarse un tercer y un cuarto Saint-Tropez: el del mercado, donde igual se pueden comprar aceitunas aliñadas que fruta fresca; y el la plaza des Lices, donde los hombres juegan a petanca –dicen que Bardot se animó a jugar alguna vez– indiferentes a las tiendas de ropa y objetos de lujo que les rodean. Para descubrir que ese corazón tradicional aún late, vale la pena andar por el pequeño sendero que discurre justo al lado del agua, visitar la ciudadela y dar una vuelta por el cementerio de Grand Jas. Por supuesto, quedará tiempo para darse un baño en alguna de las playas del municipio. Hay para escoger: la más famosa es la de Pampelonne y la más salvaje, con dunas y posidonia, la de Salins.
Luz, cámara, ¡Cannes!

Cannes es el final ideal del viaje, un resumen perfecto de todos los ingredientes que se pueden esperar de la Costa Azul. Y además, también tiene el cine. En mayo, la escalinata del Palais des Festivals se cubre con la alfombra roja y por ella desfilan las estrellas que participan en el Festival Internacional de Cine, uno de los más prestigiosos del mundo. Y a pesar de que fuera de temporada el edificio está algo desangelado, la selfie delante de la escalera es casi obligatoria, como también lo es andar por el Chemin des Étoiles o Paseo de la Fama, donde actores y actrices internacionales firman y dejan la marca de su mano en las baldosas. Lo han hecho Meryl Streep, Tim Burton, Liza Minelli, Julie Andrews… En 2004, Pedro Almodóvar estampó la suya cuando La mala educación inauguró el certamen.
A pocos metros del palacio se extienden los 7 km de arena fina de la playa de Cannes y el Boulevard La Croisette. Este elegante paseo concentra tiendas de marcas exclusivas y edificios art-déco, como el lujoso Hotel Martinez, fundado en 1929. No muy lejos se halla el encantador barrio de Le Suquet, el núcleo antiguo, situado en una colina sobre el Vieux Port. Su laberinto de callejuelas empedradas, el agua que corre y refresca y las plantas que ponen los vecinos para embellecer cualquier rincón lo convierten en un auténtico oasis de calma y color local.
También llamado Mont Chevalier, el barrio tiene en su punto más alto la iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza y las grandes letras de «Cannes» que se iluminan de noche. Desde ese mirador contemplamos el mar, los barcos meciéndose en el puerto, las pequeñas terrazas, algún gato que se despereza al sol… Resulta fácil entender por qué la obra más famosa de Picasso inspirada en la Costa Azul lleva por título Joie de vivre.