Viveiro
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El olor a zamburiñas al ajillo invade las plazas y calles de una ciudad que vive del mar. Aquí el aire va cargado de salitre, que cuando uno se acerca hacia el puerto puede incluso llegar a sentir prendido en su piel. A lo lejos, se divisan los barcos que llegan desde mar adentro y se cuelan entre la ría hasta llegar a amarrarse, cargados de mariscos, pulpo, merluza y bonito del norte -entre muchos otros-, que más tarde serán los protagonistas de la lonja. Arropada por el azul del Cantábrico y el verde de las montañas que la rodean, en esta localidad regida por un carácter marinero que la acompaña desde hace siglos, la historia también parece hacerse su hueco entre las callejuelas empedradas, donde todavía resuenan los ecos de una época medieval que ya se movía al ritmo de las mareas.

Fuente: Viajes National Geographic

Ligada al mar

Viveiro, Galicia
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Su relación con el mar se refleja incluso en su nombre. Del latín, Viveiro se refería a Vivarium, que etimológicamente se lee como un término que designaba un terreno para cultivar plantas o un estanque donde criar peces y moluscos. Con el paso de los siglos, aquel Vivarium fue transformándose en VivarioVivairo, Viveiro y finalmente Vivero, según el uso y las grafías de cada época. Sin embargo, hay quienes defienden que su origen es céltico, derivado de las voces Bi (montaña) y Ber (empinada), una hipótesis que también cobra sentido si se piensa en la figura de la villa, que además de estar regentada por la fuerza del Cantábrico se resguardada al pie de pronunciadas laderas.

Pasado medieval

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Sea como fuere, parece ser que toda hipótesis tiene una lógica a la que agarrarse, que se ha visto alterada a lo largo de la historia de la villa. Esta remonta parte de sus orígenes a la Edad Media, cuando su estratégica ubicación en la ría favoreció el desarrollo de un importante puerto comercial. Pero más allá del puerto, es su centro histórico el que también refleja su pasado medieval. En su momento, estuvo rodeada de murallas que fortificaban su núcleo, protegiéndola de posibles incursiones. A día de hoy, de estas solo quedan algunos vestigios que aún se pueden cruzar, entre los que sobresalen las distintas puertas que la conectaban con el resto del mundo, como la de Carlos V, y que son testigo de aquella época dorada.

Años más tarde, Viveiro alcanzó notoriedad como puerto ballenero y enclave estratégico en la ruta atlántica. Esta prosperidad no solo se notó en la mar, sino que también se vio evidenciada en las calles, cuando se levantó todo aquél patrimonio arquitectónico que a día de hoy aún se puede admirar, como sus conventos, iglesias y casas solariegas. Sin embargo, nada dura para siempre y su decadencia no tardó en llegar. En el siglo XVIII, con los cambios en las rutas comerciales y las guerras, la villa perdió parte de su poder aunque logró mantener su vitalidad gracias a su siempre fiel aliado: la pesca, que sigue siendo hoy motor económico de la comarca.

Mosaico verde y azul

Viveiro, Galicia
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Dejando atrás su casco urbano, quien mira más allá del entramado de callejuelas descubre la faceta más natural de la villa, que se enmarca en un mosaico de mar y montaña donde las playas parecen abrirse como puertas al océano y el verde delimita su espalda. Entre sus azules más potentes, la extensa Playa de Covas, que guarda el secreto del mayor naufragio de la Armada.

Sin perder el Cantábrico al frente, hacia la derecha, la playa de Area presume de ondear la Bandera Azul, garantía de aguas limpias y cuidadas, convirtiéndose en un refugio perfecto para los amantes del baño y del descanso. Y casi escondida y mucho más íntima, en dirección contraria aparece la Praia Sacido, que, a una escala más recogida, descubre un edén de silencio frente a la inmensidad del mar.

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Arriba y bajo tierra

Punta de Fuciño do Porco, Viveiro
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Más allá del salitre, al norte, allí donde la ría homónima a la localidad ya mezcla sus aguas con las del Cantábrico, la costa se vuelve agreste dando forma a la Punta de Fuciño do Porco, un sendero de pasarelas de madera que parece flotar sobre los acantilados y que regala panorámicas vertiginosas. Pero en este rincón la naturaleza también guarda secretos bajo tierra. Entre ellos, la Cueva de la Doncella –también conocida como cueva de los encantos–, un edén natural convertido en un deslumbrante mirador de fácil acceso desde la playa de Abrela, que esconde una leyenda en sus entrañas.