El 20 de julio de 1816, apenas once días después de haber proclamado la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el Congreso de Tucumán dictó un decreto histórico que dio estatus legal a la bandera celeste y blanca creada por el general Manuel Belgrano, convirtiéndola oficialmente en el símbolo distintivo de la nueva nación.
A propuesta del diputado Juan José Paso, el cuerpo soberano aprobó por aclamación el uso de la insignia que Belgrano había enarbolado por primera vez el 27 de febrero de 1812 a orillas del río Paraná, en Rosario, y que hasta entonces había sido mirada con recelo por el Primer Triunvirato debido a la prudencia diplomática de la época.
La «Bandera Menor» de las Provincias Unidas
El decreto aprobado en la histórica sesión de Tucumán definía al pabellón nacional con características específicas, adaptadas a la situación de guerra que se vivía contra las fuerzas realistas:
- Diseño original: Se la denominó «bandera menor», compuesta por tres fajas horizontales de igual tamaño, dos celestes y una blanca en el medio.
- Uso militar y civil: Se determinó que sería utilizada en los ejércitos, buques y fortalezas de las Provincias Unidas para identificarse frente a las naciones extranjeras.
- El Sol de Mayo: La incorporación del sol incaico en la franja central no se produciría en esta fecha, sino dos años más tarde, el 25 de febrero de 1818, por iniciativa del mismo Congreso, ya trasladado a Buenos Aires, para ser usada exclusivamente como bandera de guerra.
«Elevada por el Congreso de la Nación la Independencia de las Provincias Unidas, era de absoluta necesidad determinar el pabellón que debía cubrirlas», rezaba el acta de aquella histórica jornada parlamentaria.
Con esta medida, el Congreso no solo legalizó el emblema identitario de la emancipación sudamericana, sino que también rindió un implícito homenaje a la desobediencia patriótica de Belgrano, consolidando el nacimiento de la simbología oficial de la República Argentina.