Recordamos al polifacético artista a través de sus hitos cinematográficos y su inquebrantable compromiso político.
El 13 de agosto de 1989 se apagó la vida de Piero Bruno Hugo Fontana, conocido universalmente en la cultura argentina como Hugo del Carril. Actor de un magnetismo singular, cantor de tango de refinado fraseo y director cinematográfico de profunda sensibilidad social, Del Carril representó la síntesis del artista popular comprometido con su tiempo. Nacido en el barrio porteño de Flores en 1912, su trayectoria abarcó la época de oro del cine nacional y las décadas más intensas del peronismo, movimiento político con el que se identificó de manera inquebrantable, pagando por ello el precio del exilio y la censura en reiteradas oportunidades.
El ascenso de Hugo del Carril a la fama masiva se produjo inicialmente a través de la radio y el cine musical en la década de 1930. Su estampa de galán recio y su voz de barítono lo convirtieron en el sucesor natural del vacío dejado por Carlos Gardel. Películas como Madreselva (1938), junto a Libertad Lamarque, y La cabalgata del circo (1945) lo consagraron como una de las estrellas más taquilleras del continente. Sin embargo, Del Carril no se conformó con el rol de intérprete y buscó activamente el control narrativo de sus historias, volcándose a la dirección en un momento donde la industria cinematográfica argentina gozaba de gran prestigio internacional.
Su debut como director con Historia del 900 (1949) demostró un dominio técnico notable, pero fue con Las aguas bajan turbias (1952) que alcanzó la cumbre de su carrera cinematográfica. Basada en la novela El río oscuro de Alfredo Varela —un autor comunista que estaba preso al momento del rodaje, situación ante la cual Del Carril intercedió personalmente ante el presidente Juan Domingo Perón—, la película denunció de forma magistral las condiciones de explotación semi-esclava de los mensúes en los yerbatales del Alto Paraná. Esta obra es considerada de manera unánime por la crítica como una pieza fundamental del cine social y un antecedente directo del neorrealismo en la región.
El compromiso político de Hugo del Carril con el peronismo fue explícito y fundacional; en 1949 grabó la versión definitiva de la «Marcha Peronista» («Los muchachos peronistas»), un registro que se convirtió en el himno indiscutido del movimiento. Tras el golpe de Estado de la Revolución Libertadora en 1955, el artista sufrió la persecución ideológica: sus bienes fueron inhibidos, sus películas prohibidas y pasó varios meses detenido en la penitenciaría de la calle Las Heras. A pesar de la proscripción, continuó filmando cuando las circunstancias se lo permitían, legando obras valiosas como Amorina (1961) y La sentencia (1964).
Los últimos años de su vida transcurrieron en una austera dignidad, alejado de los grandes focos de la industria pero rodeado del respeto irrestricto de sus pares y del público. Recibió homenajes tardíos que hicieron justicia a su aporte monumental al patrimonio cultural del país, entre ellos el de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Su fallecimiento a los 77 años fue despedido con honores en el Teatro Presidente Alvear. Hugo del Carril es recordado no solo como el cantor elegante de mirada melancólica, sino como el realizador que supo poner la cámara al servicio de los desposeídos, manteniendo una coherencia ética indisoluble entre su arte y sus convicciones.