La belleza de la capital andaluza provoca que muchas barras de toda la vida se hayan entregado al frenesí turístico. Sin embargo, aún quedan templos donde Sevilla tiene un sabor especial.
Tapas Sevilla
Foto: iStock

Hay ciudades que rinden culto a la tapa y pocas lo hacen con la intensidad que lo hace Sevilla. Sin embargo, tapear sin turistas en Sevilla no es sencillo, pues los encantos de la capital andaluza hacen que, con su gracia, decenas de acentos dispares se apuesten en sus barras, especialmente en las zonas más céntricas. Eso no quita que haya lugares que mantengan su encanto y, sobre todo, su sabor. 

Fuente: revista Viajes National Geographic

SIN SALIR DEL CASCO ANTIGUO

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Foto: El Donald

No es que haya que esquivar el centro, pero sí tener claro que el Casco Antiguo va a congregar a buena parte de los viajeros que acuden a Sevilla. Triana, con su impronta, también es un imán, aunque la realidad es que el día a día del trianero no se ve tan afectado como podría pasar para un residente de Santa Cruz o de El Arenal. 

En cualquier caso, buena parte de la nutrida presencia de bares y tabernas del centro son, a veces, más reclamos para el foráneo que hogar para el sevillano. No obstante, en el Casco Antiguo no deja de haber referencias en las que habrá clientela local. El Donald (Calle Canalejas, 3) es infalible en cuanto a ensaladilla, una de las mejores de la capital.  

No lejos, los amantes del pescaíto frito y del buen marisco tienen una cita en La Mar de Fresquita (Calle San Eloy, 42) y, si se sigue subiendo por esta calle, en apenas unos pocos giros se destapa el tarro de las esencias de los vinos de Jerez y de un sublime de solomillo al whisky en la Taberna de Manolo Cateca (Calle de Santa María de Gracia, 13), aunque el menudo y los huevos a la flamenca no se quedan atrás. 

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Casa Ricardo
Foto: Casa Ricardo

Algo más arriba, en uno de los laterales de la Plaza de la Concordia, la Cafetería Rioja (Jesús del Gran Poder, 4) también aspira al trono sevillano del solomillo al whisky y, de paso, ofrecer también buenas huevas, tanto aliñás como fritas. Si se siguen encadenando plazas hacia la Macarena, aparte de topar con la Plaza de San Lorenzo, la archivecina de la Basílica del Jesús de Gran Poder, conviene retorcer hacia la plaza de San Antonio de Padua –concretamente al número seis– donde el Bar Rodríguez, totalmente inadvertido, sirve unos espléndidos montaítos de pringá. 

Antes de seguir avanzando en dirección al río, se pueden recuperar algunos pasos y encaminarse hacia el este, en dirección a la Alameda, pero antes catar alguna croqueta –y alguna pavía– en Casa Ricardo (Calle Hernán Cortés, 2), aunque aquí sí es cierto que el turista y el sevillano sí se convierten en una sonora mezcolanza. Si se quiere seguir vagando en busca de papas aliñásuna dirección que encamina sus pasos hacia la Macarena es la del Bar Soto (Calle San Luis, 101) en una rareza sevillana: una de las calles más largas del entramado hispalense.  

Julia Cuesta del Hoyo

Casa Paco El Buen Comer
Foto: Casa Paco El Buen Comer

De nuevo poniendo la brújula hacia el sur, el paso por el barrio de Santa Catalina deja muy cerca del rastro de buen comer y no topar con más turistas de la cuenta a un bujío de leyenda: El Tremendo, donde solo esperar cerveza fría, cacahuetes y mucho ambiente, claro. 

Casi periférico, si se mira con los ojos de un viajero, aproximarse al confín del barrio de San Bartolomé merece la pena para atreverse con los caracoles y las cabrillas del Bar Las Cabrillas (Calle Luis Montoto, 44) y otro bujío de referencia, el Bar Jota (Calle Luis Montoto, 52). Desde aquí se puede embocar de nuevo la ruta hacia el centro de la ciudad, antes de cruzar los puentes que dividen ambas márgenes, pero no quiere decir que en Nervión o en Santa Justa no se queden bares memorables. Cerca de la estación, Casa Paco El Buen Comer (Calle Luis Huidobro, 23) también merece un alto, tanto para locales como para los que busquen un buen refugio entre tren y tren. 

Al otro lado del río

Triana
Foto: iStock

Con la margen derecha bien explorada, es el momento de encarar Triana, no sin antes pasar por Los Remedios y, por ejemplo, entregarse a los fritos finos de La Montanera (Calle Juan Sebastián Elcano, 16), donde destacan tanto el cazón como el boquerón, sin forzar la rima. De ahí el paso para orientar el yantar hacia Triana, siguiendo la línea del río. 

A espaldas de este, pero no mucho, va a aparecer el Bar Bistec (Pelay Correa, 34) y su infalible paloma en salsa. Sin dejar de pensar en la pluma, en Triana –aunque ya casi en la calle San Jacinto, otra de esas arterias trianeras– es de menester hacer la parada de las codornices fritas de Casa Ruperto (Avenida de Santa Cecilia, 2) o beberse algún jerez en el Bar Vargas (Calle de San Jacinto, 68).  

Del barrio tampoco conviene saltarse algunas casas fundamentales como Casa Rufino, donde se estilan algunas de las mejores cabrillas de Sevilla –con el punto de la hierbabuena– o, ya alejándose del río, aunque siempre con intención de volver, darse un par de sencillos homenajes: los pinchos morunos del Bar Salomón (Calle de López de Gómara, 11) o un arrebato de fritos finos con los calabacines de Casa Casimiro (Av. de Coria, 19) en el que además darse un festín de una cuchara curiosa: el de su pulpo guisado.