Imaginemos poder diseñar la ruta más completa que nos venga a la mente para conocer Japón. Incluiríamos la modernidad, la tradición, la cultura, la espiritualidad, la gastronomía e incluso la naturaleza. Ahora añadimos un clima mucho más suave del que te puedes encontrar en otras partes del país, y quitamos las olas de visitantes que inundan otros destinos. Pues bien, lo que estamos imaginando es la prefectura de Ishikawa y, más concretamente, la ciudad de Kanazawa.
Fuente: Viajes NatGeo
Kanazawa no es un destino prioritario para quienes se adentran por primera o segunda vez en Japón, pero lo cierto es que pocas ciudades niponas condensan como ella el encanto del Japón más actual con el peso de su historia. Solo hay que pasear por sus calles para corroborar esta afirmación.
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Situada al este del país, se trata además de un enclave estratégico para vertebrar visitas a puntos tan pintorescos como Shirakawa-go o Takayama. Eso sí, la ciudad pelea –y con razón– para no ser solo un sitio de paso, sino un lugar al que dedicar varios días.
Si tuviéramos que elegir un color para describirla sería el dorado. No solo por el significado de Kanazawa (el pozo de oro), sino porque muestra continuamente y con orgullo uno de sus elementos más característicos: el pan de oro. Consiste en una lámina muy fina de este metal precioso lograda a través del ‘batido’. El proceso, que en otro tiempo se daba de manera natural por las condiciones climáticas de la zona, actualmente constituye una importante industria que abarca todo tipo de expresiones culturales y artesanales de la ciudad.

Adentrándonos en las calles de kanazawa
Durante nuestra visita pudimos asegurarnos que es una ciudad con mucho que ofrecer. Hay que tener en cuenta que Kanazawa fue una de las ciudades más importantes de Japón durante el periodo Edo gracias a la influencia del clan Maeda, que la gobernó desde 1583 hasta la Restauración Meiji en 1868. Antes de la llegada de Maeda al poder Kanazawa tenía 5000 habitantes, pero gracias a la simbiosis entre samuráis y comerciantes, la ciudad llegó a ser una de los lugares más poblados del mundo – al nivel de Roma o Ámsterdam. A principios del siglo XVIII superaba los 100.000 habitantes.

Es importante entender la historia de la ciudad para admirar sus grandes monumentos. El castillo de Kanazawa o el jardín de Kenroku-en dan fe de la importancia que el clan tuvo en la región, y la presiden desde las alturas la ciudad. Cerca de allí, bordeado por uno de sus dos ríos, se encuentra el distrito de Higashi Chaya. Este preserva intacta la apariencia del Japón más antiguo, y en él se puede disfrutar de las actuaciones de las geishas, que a día de hoy siguen presentes en la región. El barrio cuenta con pequeños templos y un sinfín de opciones gastronómicas. Recomendamos visitarlo también al caer la noche, cuando las luces tenues de la ciudad y de los locales son las únicas que alumbran las calles.

Para profundizar más en esta época, otro imprescindible es el distrito de los samuráis, a poco más de 20 minutos del de las geishas. Son varias calles y, al recorrerlas, por un momento se olvida que estás en pleno siglo XXI. Cuenta con estancias que pertenecieron a algunas de las familias guerreras más importantes de la historia de Japón, como las de los Nomura. Actualmente funcionan a modo de museo.
Una gastronomía que la define
Kanazawa es un lugar excelente para conocer de primera mano la comida japonesa gracias a la variedad y la calidad de su producto. Una persona del lugar me aseguraba que la gastronomía de la ciudad ‘miraba al mar’, y es cierto. Cualquier lugar de restauración en el que decidas parar te va a presentar producto fresco: Lubina, cangrejo, ostras, erizos, sashimi… de primer nivel.
Hay muchas zonas destacables a la hora de elegir dónde comer. Una de ellas es Katamachi, un área que incluye una gran variedad de restaurantes y bares donde probar todo tipo de comida nipona. Por la fisonomía de algunas de sus calles, hay quien se refiere a ella como el Golden Gai de Kanazawa. Para los más curiosos, conocer de primera mano el producto local en el bullicioso mercado de Omicho también es una opción de lo más recomendable.

La artesanía como estandarte de la ciudad
El alma de Kanazawa es sin duda la artesanía. Este detalle se puede apreciar en cualquier rincón que te detengas a observar. Desde las múltiples tiendas en las que adquirir piezas locales a cualquier esquina donde, sin motivo aparente, aparece un plato, un adorno de oro o cualquier detalle que nos recuerda dónde estamos.
No hay que pasar por alto la manera en que la ciudad abraza el Kintsugi, un arte japonés que consiste en reparar cerámica rota uniendo las piezas con laca y polvo de oro, plata o platino. Esta técnica busca resaltar la belleza de las cicatrices y la fragilidad convirtiendo un objeto roto en uno más bello, ya que además de su valor se suma su resistencia al paso del tiempo y su historia.

Y no, no es solo una excusa de marketing para poder vender todo tipo de productos. Kanazawa entiende y valora este arte, y ya desde pequeños los niños lo practican en la escuela a través de certámenes, manteniendo intacto este espíritu de generación en generación. Además, existen talleres para los viajeros que quieran conocer más sobre el Kintsugi y ponerlo en práctica con sus propias manos.

Desde hace tiempo, la ciudad ha apostado muy fuerte por convertirse en un referente del arte y la cultura, tal y como demuestran los museos repartidos entre sus calles. Los hay de todos los tipos. Desde las casas de samuráis que pueblan el distrito de Nagamachi, a las diferentes workshops sobre kimonos, artesanías o incluso cocina de la región. No podemos obviar tampoco los grandes museos como el Museo de Historia de la Prefectura de Ishikawa o Museo de arte contemporáneo del siglo XXI.
En definitiva, aunque es una ciudad de la que si te interesa Japón ya habrás oído hablar, es importante remarcar que Kanazawa sigue siendo a día de hoy una opción de primerísimo nivel para conocer el país. Esta urbe resplandece –no solo por su oro– en una época en la que muchos viajeros se esfuerzan por conocer más el país, buscando estímulos culturales fuera de los tradicionales destinos de la costa este. Es el puerto en el que todo viajero debería atracar si desea navegar por el Japón menos popular, y que, sin embargo, puede considerarse el más auténtico de todos.