El 13 de junio de 1982, un joven Pelusa de 21 años pisaba por primera vez el césped de una Copa del Mundo en España. La trágica trastienda de un estreno deportivo ensombrecido por los últimos y desesperados combates en el Atlántico Sur.

La historia del fútbol argentino cambió para siempre un 13 de junio de 1982. En el imponente estadio Camp Nou de Barcelona, un joven Diego Armando Maradona, que ya deslumbraba al planeta con la camiseta de Boca Juniors y la Selección juvenil, hacía su debut oficial en un Mundial de mayores. Era el partido inaugural de España ’82, y la Argentina campeona defensora se medía ante Bélgica. Lo que debió ser una fiesta absoluta para el deporte nacional quedó registrado en la memoria colectiva como un acontecimiento extraño, disociado y atravesado por el dolor: a miles de kilómetros de allí, la Guerra de Malvinas agonizaba en sus horas más oscuras.

Aquel equipo dirigido por César Luis Menotti cargaba con una presión invisible pero asfixiante. La delegación argentina había partido hacia Europa bajo la distorsión informativa de la dictadura militar, que instalaba un triunfalismo ficticio sobre el conflicto bélico. Maradona, con apenas 21 años y la mítica camiseta número 10 en la espalda, saltó a la cancha rodeado de próceres como Mario Alberto Kempes y Daniel Passarella. El partido fue áspero; los belgas diseñaron una marca escalonada y feroz que neutralizó cada intento del crack de Fiorito. Argentina cayó 1-0 con gol de Erwin Vandenbergh, marcando un inicio errático para un torneo donde el Diego sufriría la violencia de los defensores rivales hasta su expulsión ante Brasil.

Sin embargo, el análisis estrictamente deportivo de aquella jornada siempre quedará supeditado al contexto histórico. Mientras Maradona intentaba gambetear el cerrojo belga en el verano español, los soldados argentinos resistían los últimos y cruentos embates de las tropas británicas en los cerros que rodean a Puerto Argentino. Solo veinticuatro horas después del partido, se firmaría la rendición en las islas. El debut de Maradona en los Mundiales no tuvo el brillo futbolístico que el destino le reservaría para México ’86, pero funcionó como el km 0 de una épica personal y colectiva, un bautismo de fuego en el torneo más importante del mundo bajo el cielo más tormentoso de la historia argentina reciente.