Se cumple un nuevo aniversario del nacimiento del autor de «Las fuerzas extrañas». Un recorrido por la obra del hombre que fundó la SADE, redefinió la identidad nacional a través del Martín Fierro y marcó a fuego el siglo XX con su viraje hacia el autoritarismo.
Cada 13 de junio, las letras nacionales celebran su día. La elección de la fecha no es azarosa ni neutral: conmemora el nacimiento, en 1874, de Leopoldo Lugones en Villa de María del Río Seco, Córdoba. Considerado por Jorge Luis Borges como «el escritor máximo» de nuestra historia, la figura de Lugones encarna como ninguna otra la compleja y muchas veces trágica relación entre la excelencia estética y los posicionamientos políticos en la Argentina del siglo pasado.
Lugones fue un titán de la palabra. Su pluma transitó con maestría el modernismo poético en Los crepúsculos del jardín, fundó las bases de la ciencia ficción y el relato fantástico local con Las fuerzas extrañas, y ejerció un periodismo incisivo en las páginas de los principales diarios de la época. En 1928, comprendiendo la necesidad de una estructura que defendiera los derechos gremiales e intelectuales de los autores, fundó y presidió la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Fue él también quien, a través de una serie de conferencias magistrales, rescató al Martín Fierro de José Hernández del fango del desprecio ilustrado para elevarlo al estatus de poema épico nacional.
Sin embargo, el destino de Lugones quedó signado por su radical metamorfosis ideológica. Aquel joven de impronta socialista y masónica devino, con los años, en el ideólogo del nacionalismo reaccionario. Su célebre discurso de 1924 en Lima, donde proclamó que «ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada», funcionó como el preludio intelectual del golpe de Estado de 1930 contra Hipólito Yrigoyen, el cual él mismo apoyó activamente. Esa profunda contradicción —el hombre que expandió los límites de la libertad en el lenguaje pero justificó la supresión de las libertades civiles— lo arrastró a un progresivo aislamiento que culminó con su suicidio en el Tigre en 1938. El Día del Escritor en Argentina invita, así, a una doble lectura: el homenaje a un oficio indispensable y el recordatorio de las complejas tensiones que atraviesan a la intelectualidad nacional.