El 16 de agosto de 1977, el fallecimiento del cantante en Memphis conmocionó al mundo entero. El balance de una carrera que cambió la música popular.

La tarde del 16 de agosto de 1977, los teletipos de las agencias de noticias internacionales paralizaron los centros de redacción del mundo con una información que parecía inverosímil: Elvis Aaron Presley había muerto a los 42 años en su mansión de Graceland, ubicada en Memphis, Tennessee. El informe médico forense dictaminó que un paro cardíaco, agravado por el consumo crónico y descontrolado de medicamentos recetados, había terminado con la vida del intérprete más influyente de la música popular del siglo XX. Con su desaparición física no solo se cerraba una biografía trágica marcada por los excesos del estrellato masivo, sino que nacía el mito definitivo de la cultura pop global.

Nacido en la pobreza extrema de Tupelo, Mississippi, en 1935, Elvis Presley funcionó como el catalizador perfecto para la revolución cultural y musical que supuso el nacimiento del rock and roll a mediados de los años cincuenta. Sus tempranas grabaciones en el sello Sun Records, bajo la tutela del productor Sam Phillips, fundieron de manera orgánica las raíces de la música country de base blanca con el rhythm and blues de raíz afroamericana. Esta hibridación musical, sumada a una presencia escénica cargada de un magnetismo sexual explícito que horrorizó a los sectores conservadores de la sociedad estadounidense, liberó las energías de una juventud de posguerra sedienta de una identidad propia.

Tras firmar con la multinacional RCA y quedar bajo la estricta gestión comercial del «Coronel» Tom Parker, Elvis hilvanó una sucesión de éxitos históricos como «Heartbreak Hotel», «Hound Dog» y «Jailhouse Rock». Sin embargo, la ambición de Parker desvió la carrera del músico hacia la industria cinematográfica de Hollywood durante toda la década de 1960. Presley protagonizó más de treinta películas de calidad artística discutible y fórmulas repetitivas, un proceso que lo alejó de las vanguardias musicales que estaban transformando el panorama del rock británico y norteamericano de aquellos años.

El regreso triunfal a los escenarios se produjo a finales de 1968 con el aclamado especial de televisión conocido como el ’68 Comeback Special. Vestido de cuero negro y mostrando una potencia vocal intacta, el cantante recuperó su credibilidad artística y dio paso a su última gran etapa profesional: las multitudinarias y fastuosas temporadas de conciertos en los grandes hoteles de Las Vegas. Durante la primera mitad de los años setenta, respaldado por bandas de altísimo nivel técnico, Elvis ofreció recitales históricos como el de Aloha from Hawaii (1973), transmitido vía satélite a más de mil millones de espectadores en todo el mundo.

No obstante, el desgaste físico y psicológico derivado del ritmo agotador de giras y el aislamiento emocional en el que vivía terminaron por quebrar su salud. Sus últimos años estuvieron signados por un notable aumento de peso, la dependencia severa de estimulantes y sedantes, y un comportamiento errático que se evidenciaba sobre los escenarios. El 16 de agosto de 1977, el cuerpo del «Rey» dijo basta. Miles de personas se agolparon a las puertas de Graceland para despedir los restos del artista que, al derribar las barreras raciales y comerciales de la música, había cambiado las dinámicas del consumo cultural en el planeta entero.