Lejos de las multitudes que recorren Roma, Florencia o la costa amalfitana, el extremo sur de Italia guarda un territorio donde lo antiguo y lo moderno conviven sin demasiado conflicto. Calabria, la región más meridional de la península, y su vecina Basilicata ofrecen pueblos que parecen congelados en otra época, vestigios de la Magna Grecia, iglesias bizantinas y una naturaleza que pasa de las montañas nevadas a las playas de arena blanca en pocos kilómetros.
Para muchos, el punto de partida ideal es Matera, en Basilicata, una de las ciudades más antiguas del mundo, habitada desde el Paleolítico. Su historia es la de una transformación sorprendente: hasta comienzos del siglo XX, sus habitantes vivían en casas excavadas en la roca, los llamados sassi, en condiciones de enorme pobreza y analfabetismo. La ciudad llegó a ser considerada una “vergüenza nacional” y fue desalojada en 1952. Hoy es Patrimonio de la Humanidad y en 2019 fue Capital Europea de la Cultura.

Los dos barrios de piedra, Sasso Caveoso y Sasso Barisano, son un laberinto de callejuelas, escaleras y pasadizos tallados en la toba. Debajo de la superficie hay otra Matera, una ciudad subterránea con viviendas, depósitos, cisternas y lugares de culto. En el año 2000 se descubrió bajo la plaza principal una enorme cisterna que muchos comparan con la Basílica Cisterna de Estambul. En el Sasso Caveoso, la Casa Grotta di Vico Solitario, amueblada como antaño, permite ver cómo se vivía en estas casas cueva.
Matera fue además escenario de cine. Pier Paolo Pasolini rodó allí “El Evangelio según San Mateo” en 1964, y casi cuatro décadas después Mel Gibson filmó “La Pasión de Cristo”, que dio a conocer la ciudad al gran público. Para empezar el recorrido, nada mejor que un aperitivo con peperoni cruschi, unos pimientos dulces locales que se preparan crocantes, como si fueran papas fritas, frente a la vista de los Sassi.
En los alrededores, el Parque de la Murgia Materana reúne más de 150 iglesias rupestres excavadas en la roca entre los siglos VII y IX, muchas de ellas decoradas con frescos. La más impactante es la Cripta del Pecado Original, con escenas del Génesis pintadas en sus ábsides. Durante siglos sirvió de refugio para ovejas, hasta que un grupo de jóvenes la descubrió por casualidad en 1963. La zona también ofrece senderos, como el que recorre la Gravina, un cañón de varios kilómetros, o el que sube a Murgia Timone, con restos de un asentamiento neolítico y un paisaje casi lunar.
Hacia el sur, sobre la breve costa jónica de Basilicata, aparece Metaponto, la ciudad donde vivió Pitágoras y uno de los grandes centros de la Magna Grecia. Su símbolo son las Tavole Palatine, una quincena de columnas dóricas que quedan del templo dedicado a Hera. El parque arqueológico es de acceso libre, sin boletería, y los vecinos lo usan como si fuera una plaza más. Muy cerca, en Policoro, la antigua Herakleia, se conservan restos de una acrópolis y de un templo dedicado a Deméter.

En el interior, Potenza, la capital regional, es conocida como “la ciudad de las mil escaleras”, que conectan el centro histórico, en la parte alta, con la zona moderna, en la parte baja. No muy lejos, el pueblo de Pietrapertosa parece desafiar la gravedad colgado de la montaña. Más al norte, el volcán extinto del Vulture alberga los dos lagos de Monticchio, de aguas verdes.
Entre Basilicata y Calabria se extiende el Parque Nacional del Pollino, el más grande de Italia, con unas 200.000 hectáreas y cumbres que superan los 2.000 metros y se cubren de nieve desde noviembre. En verano, desde lo alto se ven a la vez el mar Tirreno y el Jónico. Sus senderos pasan de la vegetación mediterránea, con laurel, mirto y romero, a bosques de robles, castaños, hayas y abetos plateados, y se pueden recorrer a caballo o a pie, o en propuestas más intensas como el rafting y el barranquismo.
Ya en Calabria, la ruta por la costa jónica pasa por Corigliano-Rossano, que se levanta sobre una colina y conserva el Castillo Ducal, construido en el siglo XI y considerado una de las fortalezas más lindas del país. Más al sur, en Capo Colonna, cerca de Crotona, una única columna en pie recuerda el templo que allí se levantaba en honor a Hera, junto al santuario de Santa Maria di Capo Colonna y una torre defensiva del siglo XVI.

La zona de Isola di Capo Rizzuto suma 34 kilómetros de playas, pero buena parte de su atractivo está bajo el agua. Hay salidas de buceo hasta los restos de una nave romana que naufragó en el siglo III con un cargamento de mármoles que todavía descansa en el fondo, y alrededor de Le Castella, una fortaleza del siglo XV construida sobre una península rocosa a la que solo se llega a pie cuando baja la marea.
El recorrido sigue por el parque arqueológico de Scolacium, una antigua colonia romana, y por Badolato, una aldea medieval de calles estrechas donde las familias guardaban sus provisiones en los catoi, unos almacenes cuya abundancia marcaba el prestigio de cada casa. Cerca está Stilo, con la Cattolica, una pequeña iglesia bizantina del siglo IX que todavía conserva frescos originales, a unos diez kilómetros de la cascada del Marmarico, que con 114 metros es la más alta de Calabria. La costa de esta zona, entre Riace y Locri, se conoce como la Costa de los Jazmines, por los cultivos de jazmín y bergamota que durante años abastecieron a la industria del perfume.
A los pies del Aspromonte aparece Gerace, una antigua ciudad griega considerada uno de los pueblos más bellos de Italia, con iglesias medievales y casas con escudos que se abren a pequeñas plazas. A lo largo de la costa jónica, la carretera nacional 106 corre junto a playas extensas y casi desiertas incluso en julio y agosto, entre puestos de frutas con bergamotas, granadas y limones, y bares que parecen haberse quedado en los años 60. Aquí la hospitalidad es espontánea, y el visitante es recibido casi como un integrante más de la familia.
En la punta de la bota está Reggio Calabria, la ciudad más meridional de la península. Solo su Museo Arqueológico justifica la visita: allí se exhiben los Bronces de Riace, dos estatuas griegas de casi dos metros que el mar devolvió en los años 70 y que se encuentran entre los pocos ejemplares conservados prácticamente intactos. En las laderas del Aspromonte todavía se habla griko, una variante del griego, sobre todo en Bova y en Pentedattilo, un pueblo que debe su nombre a la roca con forma de mano de cinco dedos que lo domina.
Sobre el mar Tirreno, Scilla y su barrio de pescadores, Chianalea, miran al estrecho de Messina, el escenario donde Homero ubicó el paso de Ulises entre los monstruos Escila y Caribdis. Más al norte, Tropea y Vibo Valentia se llenan de turistas en verano, pero fuera de temporada ofrecen una tranquilidad absoluta. En el altiplano de Monte Poro se encuentra el asentamiento rupestre de Zungri, del siglo VIII, con decenas de construcciones excavadas en la roca que recuerdan a la Petra jordana. Es además la tierra de la ‘nduja, un embutido de cerdo untable y muy picante que es uno de los símbolos de Calabria, junto con la soppressata.
La región tiene una larga tradición de hospitalidad con los pueblos que llegaron a lo largo de los siglos. Guardia Piemontese, en la costa tirrena, fue fundada en el siglo XIII por valdenses provenzales que escapaban de la persecución religiosa, y todavía hoy se enseña la lengua occitana en sus escuelas. En la provincia de Cosenza, en tanto, los descendientes de los arbëreshë, los albaneses que huyeron de la invasión otomana en el siglo XV, mantienen vivas su lengua y sus tradiciones.
El final del recorrido puede ser Cosenza, cuyo centro histórico, Cosenza Vecchia, es un laberinto de callejones y escaleras con pasado bizantino y normando, ideal para probar una picada de soppressata y patate ‘mpacchiuse, salteadas con aceite y cebolla. Desde allí se accede a la Sila, una meseta boscosa con lagos y pastizales de aire alpino que se puede recorrer en un tren histórico a vapor que trepa hasta los 1.400 metros, o a pie por el Camino de San Francisco de Paula, una ruta de peregrinación de 112 kilómetros hasta la costa.