Cartagena es la perla caribeña de Colombia, la ciudad que por sí sola justificaría un viaje al país. Pero a diferencia de otras ciudades coloniales de América, su trazado no se articula en torno a una plaza mayor monumental, soberbia y altiva, como solían planificar los urbanistas de la corte española. Para nada.
Fuente: Viajes National Geographic
La vieja Cartagena es más bien una ciudad de muchas pequeñas plazas, todas con su impronta y su personalidad, pero sin llegar a descollar la una sobre la otra. Incluso la catedral, en vez de presidir ese espacio magnánimo La plaza de los coches

La plaza de Santo Domingo intenta ser esa plaza mayor ausente: tiene el ambiente, pero le falta monumentalidad y le sobra un edificio de apartamentos más moderno que chirría en uno de sus laterales. La del Parque Bolívar es coqueta, sombreada, una plaza para el paseo y la tertulia. Y la Plaza de los Coches es puro teatro urbano intensamente cartagenero, sobre todo cuando cae la tarde y las terrazas y los bancos se llenan de gente, de jubilados que dejan pasar el tiempo, de predicadores y vendedores, de turistas y de estudiantes que van y vienen. Pero es una plaza de paso, el atrio de entrada al cogollo de la ciudad antigua.
Cartagena de Indias es una ciudad viva, vibrante, muy turística, sí –sobre todo si ese día llega un crucero–, pero cuyos tiempos los marca aún la población autóctona. Y apenas que te lo propongas, puedes aislarte de ese maremágnum de grupos siguiendo al guía de la banderita. Porque uno de sus encantos, a diferencia de otras capitales coloniales, es que tiene vida local, los colombianos aún viven, trabajan, aman, lloran, estudian y comercian en ella. Y eso le da un toque de autenticidad, lejos del decorado de cartón de piedra en que se han convertido otros enclaves turísticos.
Las mujeres palenqueras

Por la mañana temprano las calles huelen a rocío, a arepa e’huevo y a suero costeño, y los sonidos son los de los comercios que abren y los repartidores que llegan con las mercancías. Luego empiezan a aparecer turistas en bermudas y camisetas de tirantes, y se confunden con el bullicio de las calles atestadas de tenderetes de comida, de ropa, de zapateros remendones y limpia ollas; con los vendedores ambulantes de «minutos para el celular» y con las palenqueras que venden dulces de coco y yuca vestidas con faldas de amplio y colorido vuelo. Después, con el sopor del mediodía, la vida local se esfuma y solo quedan turistas incautos y sudorosos por las calles calcinadas por un sol de plomo.
Más tarde, cuando la temperatura remite y las sombras se apoderan de las calles coloniales, la vida vuelve, vuelve el comercio, vuelven los estudiantes de la cercana Universidad Pública, los enamorados, los paseantes, los jugadores de dominó. Y la vieja Cartagena cobra de nuevo el pulso de una urbe amurallada llena de palacios, conventos, iglesias y más de 500 años de grandezas y miserias a sus espaldas.
Bocagrande

Es el momento de disfrutar plenamente de la ciudad. De pedir una limonada a los vendedores ambulantes del Parque Bolívar. De pasear por el portal de los Dulces, en la plaza de los Coches, el rincón más famoso y literario de Cartagena para probar los cabellitos de ángel, las conservitas de leche y los ladrillos de ajonjolí. De deambular todo lo que puedas por sus calles coloniales, de fachadas restauradas y de vivos colores. También de tomar un taxi y hacer un tour por Bocagrande, la Cartagena moderna, de rascacielos y playas, que no tiene nada que ver con el centro histórico.
Barrio de Getsemaní

Al caer la noche, nos acercamos al barrio de Getsemaní, el antiguo arrabal de gente pobre y esclavos. Hoy es el barrio de moda, joven y divertido. Al ponerse el sol, las calles se convierten en pura fiesta, los bares rebosan de música y en la plaza de la Trinidad, centro del barrio, turistas y locales se sientan a probar sus famosas fritadas, toda una bomba de grasas y calorías.
La vieja Cartagena está construida en una de las bahías más espectaculares e intrincadas del Caribe. No me extraña que Pedro de Heredia, el conquistador español al que se le atribuye la fundación de la ciudad en 1533, eligiera este sitio por su facilidad de defensa. Pero al viajero que llega por primera vez le cuesta entender la topografía de este laberinto de penínsulas, radas, senos y ciénagas sobre las que se asienta el núcleo amurallado. Solo se ve agua por todas partes y puentes que unen tierras emergidas, que nunca sabes si son islas, penínsulas o tierras ganadas al mar.
Monasterio de la Popa

Por eso es imprescindible subir hasta el monasterio de la Popa, un convento levantado por misioneros españoles hacia 1607 en un cerro que domina la bahía. Desde aquí se comprende la privilegiada posición de la ciudad, protegida por el mar Caribe al este y por un laberinto de ensenadas al sur y al norte que hacían fácil la instalación de baterías de costa y muy difícil el asalto por mar.
Desde el cerro de la Popa se ven muchas cosas más. Se ve al norte la ciudad vieja amurallada, el puerto, el nuevo palacio de Congresos y la zona de Manga, con sus ricas mansiones y edificios de apartamentos para clases adineradas; aquí vive el 30% de los habitantes de Cartagena. Si nos giramos 180 grados, hacia el sur se ve en cambio un tapiz interminable de casitas bajas e infraviviendas de chapa y tablones de madera en torno a la Ciénaga de la Virgen, donde vive (o malvive) el otro 70% de la población.
Es la cara y cruz de las grandes urbes sudamericanas. La manifiesta desigualdad entre una reducida clase pudiente y una gran masa de pobres que afecta no solo a Colombia sino a toda Latinoamérica. La gran tarea pendiente de un sistema político y económico que no ha sabido o no ha podido crear una clase media que asegure la estabilidad de estos países. Y nosotros los turistas, con demasiada frecuencia, nos dejamos apabullar por la fachada monumental sin rascar en lo que hay detrás.
Fortaleza de San Felipe

De vuelta a Cartagena me gusta parar en la fortaleza de San Felipe, una de las construcciones militares más soberbias del Caribe. Cae un sol de justicia y se agradece que los ingenieros que lo diseñaron entre 1630 y 1652 lo llenaran de túneles y pasadizos por los que ahora se circula más fresco que por sus almenas. Aprovecho el atardecer para acercarme al baluarte de Santo Domingo, el primero que se construyó y germen de la muralla, para disfrutar de la mejor puesta de sol de la ciudad.
El paseo de ronda de las murallas es de acceso gratuito y está abierto a todas horas, pero a mediodía el sol cae como plomo fundido sobre ellas, por eso es más que recomendable venir a estas horas para saborear una ciudad hermosa a orillas del mar Caribe y a una temperatura amable.
Islas del Rosario

Cartagena de Indias es también la base perfecta para hacer innumerables excursiones por el norte de Colombia. La más habitual es a las islas del Rosario, 28 islotes tropicales declarados parque nacional, al sur de la Bahía de Cartagena y a solo hora y media de navegación.
Son famosas por sus aguas transparentes y multicolores, pero apenas tienen playas de arena. Todas las agencias del centro histórico ofrecen excursiones de día a las islas del Rosario, aunque también hay cabañas y algún hotel para pasar la noche.
Península de Barú

A mí me parece más estimulante Barú, una península al sur de la ciudad a la que se puede llegar en coche o también en barco en excursiones organizadas. Tiene muchas y mejores playas que Rosario, pero sobre todo es interesante por su valor antropológico.
Mientras que al archipiélago solo vamos turistas, Barú es la zona de asueto playero de los cartageneros, sobre todo la zona de Playa Blanca, a donde llegan a diario docenas de autobuses cargados de familias variopintas, neveras, mesas y sillas, bolsos llenos de comida y aparatos de música a volúmenes imposibles. Un espectáculo humano con sabor local.
Mompox

Otra excursión recomendable es a Mompox, una ciudad que es como Macondo, pero real. De hecho, se especuló con que Gabriel García Márquez se inspiró más en este pueblo perdido que en su Aracataca natal. Fue uno de los puertos fluviales más importantes del río Magdalena durante el Virreinato de Nueva Granada (1717-1822), periodo en que Colombia, Venezuela, Ecuador, Panamá y la Guayana Esequiba pertenecieron a España. Ese trasiego comercial hizo que florecieran ricas casas con ventanales enrejados y patios. Pero el cauce del río se fue anegando, la navegabilidad disminuyó y los barcos grandes con sus panzas llenas de riquezas cambiaron de ruta. Mompox cayó en el olvido y aquí sigue, abrasado por el calor del trópico, con las mismas calles y plazas, las mismas casas coloniales de barro y cañabrava y las mismas iglesias barrocas que si el reloj se hubiera detenido en un soleado mediodía del siglo XVIII.
Como Macondo, Mompox es caluroso y costumbrista. También está lejos de todo, fuera de cualquier ruta comercial; tanto que, pese a estar a solo 250 km de Cartagena, se tardan seis horas en llegar, ya sea por carretera o remontando en lancha el achocolatado río Magdalena. Los momposinos se han ganado bien la vida haciendo filigranas de plata, como los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía. Y aunque nunca ha estado diez años sin dejar de llover, cada invierno cae tanta agua del cielo que podría llegar a decirse que sus habitantes se transforman en seres anfibios.
Santa Marta y su Sierra Nevada es otro de los destinos que no habría que perderse en el norte colombiano. Santa Marta es famosa sobre todo por sus playas, también muy frecuentadas por el turismo local. Tiene un centro histórico pequeño, agradable y peatonal, y el Museo del Oro Tairona que, aunque no puede rivalizar con el de Bogotá, merece una visita una vez en la ciudad.
Teyuna

A Santa Marta se va sobre todo a descubrir la Sierra Nevada, el segundo sistema montañoso litoral más alto del planeta. Ubicado al norte del país, se eleva desde el nivel del mar hasta los 5.775 m del pico Cristóbal Colón, donde aún quedan restos de glaciares; todo en apenas 42 km en línea horizontal. Cuando llegaron los españoles, en estas montañas vivían los tayrona, cuyo mayor centro ceremonial era Teyuna, una ciudad de unas 30 hectáreas en una ladera boscosa de la Sierra Nevada de Santa Marta, a 1.200 m de altitud. La ciudad creció a partir del año 700 y nunca fue descubierta por los conquistadores, pero las guerras y las enfermedades diezmaron a los tayronas, que se extinguieron paulatinamente hasta que hacia 1600 Teyuna quedó abandonada, cayó en el olvido y el bosque tropical se apropió de ella.
La capital de los tayrona pasó casi 400 años sepultada bajo una capa de barro y vegetación hasta la década de los 70, cuando unos huaqueros, expoliadores de sitios arqueológicos, la descubrieron de forma casual. Hoy la llaman la Ciudad Perdida y es el «Machu Picchu» de Colombia. La única manera de llegar a las ruinas es mediante un duro trekking de cinco días por trochas selváticas. Hay que caminar unos 50 km (ida y vuelta) salvando grandes desniveles, cruzando ríos que pueden doblar su caudal en un minuto, bajo un sol inclemente en algunas ocasiones, bajo un aguacero torrencial, en otras. Hay que soportar picaduras de mosquitos, barrizales que patinan como una pista de hielo y una humedad del 85% que te mantiene todo el día empapado, hasta la ropa interior. Pero, como si de un viaje a Ítaca se tratara, lo maravilloso de la Ciudad Perdida no es únicamente verla sino llegar hasta ella. La aventura es el camino.
Parque Nacional Tayrona

A poco menos de una hora al noreste de Santa Marta aparece el Parque Nacional Tayrona, una de las joyas naturales de Colombia. Se trata de una estrecha franja costera donde las laderas empiezan a encresparse para llegar sin interrupción hasta los 5.775 m del pico Cristóbal Colón. Eso le da unas características muy especiales a Tayrona y lo convierten en un tramo de costa con morfología, microclima y flora diferente al resto de la costa caribeña.
Tayrona es uno de los paisajes de litoral más bellos de Colombia y un lugar al que acuden también en masa los colombianos para bañarse y pasar el día en familia, aunque hay que llevar cuidado: algunas de sus magníficas playas están sometidas a corrientes peligrosas y es mejor admirarlas que usarlas. En cualquier caso, los puntos no aptos para el baño están señalizados. Entre las que sí permiten darse un chapuzón está la playa San Juan del Guía, accesible desde cualquiera de las dos entradas del parque, la del Zaino y la de Pueblito. Aunque los meses de temperatura más suave en el Caribe colombiano sean diciembre, enero y febrero, es imposible no sudar y no pasar calor, siempre. Como tampoco es posible no sucumbir a sus encantos, se vaya cuando se vaya.que no existe, se levanta en una esquina de una calle no más grande que otras, como si no quisiera llamar demasiado la atención en una ciudad a la que le sobran motivos de orgullo.