La imponente silueta de la Montaña Tebana, frente a la ciudad de Luxor, esconde valles, colinas y acantilados horadados durante siglos por los antiguos artesanos egipcios que vivieron en el poblado de Deir el Medina. Trabajadores y artistas excavaron tumbas y luego las decoraron con textos rituales e imágenes de divinidades para que sus reyes, reinas y nobles alcanzaran la vida eterna. De todas ellas destacan dos obras maestras: los hipogeos de Seti I y Nefertari, situados en el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas, respectivamente. Con ellas, el arte funerario del Reino Nuevo llegó a su cénit y nos dejó un legado que, pese a su fragilidad y las dificultades que entraña para su conservación la llegada del turismo de masas, sigue manteniéndose al alcance de aquellos viajeros que estén dispuestos a rascarse el bolsillo.

El Valle de los Reyes es el más famoso del país por guardar las tumbas de grandes faraones, mientras que el Valle de las Reinas, más desconocido, alberga las de reinas, príncipes y princesas.

Seti I fue uno de los faraones más poderosos de la dinastía XIX y, aunque su nombre no suele ser tan conocido como el de su hijo, el prolífico Ramsés II, durante su reinado se erigieron monumentos únicos, como su Gran Templo de Abidos, cuyos relieves son de una impactante perfección y belleza. Por su parte, Nefertari, la Gran Esposa Real de Ramsés II, fue objeto de uno de los monumentos al amor más bellos de la historia de la humanidad: el templo pequeño de Abu Simbel. Allí, “Aquella por la que el sol brilla” fue inmortalizada junto a su esposo en los confines de Nubia, recibiendo la luz del sol naciente cada mañana. Poco se iban a imaginar el suegro y la nuera que, más de 30 siglos más tarde, sus tumbas se convertirían en las más preciadas de la necrópolis tebana.

Allá por el 1817, lámpara de aceite en mano, Giovanni Battista Belzoni, aventurero, egiptólogo –y también un poco saqueador– entró por primera vez en la tumba de Seti I, la KV17. En su interior, más de 100 metros de corredores y salas guardaban una de las mayores expresiones del arte funerario del Reino Nuevo. Así lo describió en su diario: “El 16 de octubre de 1817 recomencé mis excavaciones en el valle de Biban el Maluk [Valle de los Reyes], y señalé el lugar afortunado, que me ha recompensado todas las molestias que me he tomado en mi búsqueda. Pude llamarlo un día afortunado, quizás uno de los mejores de mi vida”.

Diseñada como una reproducción del inframundo en la que el soberano se identificaba con el dios solar y Osiris en su viaje por el cielo nocturno, la tumba se decoró con textos religiosos como las Letanías de Re, el Libro de las Puertas, el Amduat o el Libro de la Vaca Celeste. Acompañando a los textos, se gravaron imágenes de deidades y escenas de rituales funerarios como la famosa apertura de la boca. Y así, el interior de la tumba de Seti I se convirtió en una biblioteca y, al mismo tiempo, en una celebración de forma y color.

La cúpula de la tumba muestra un cielo estrellado que guiaría al faraón en su viaje al más allá.

Pero lo más impactante de esta tumba nos espera en la parte más interior. Allí una colosal cámara sepulcral abovedada fue decorada con un techo astronómico en el que se representaron constelaciones, decanatos y un calendario. Las diosas protectoras del sarcófago real Isis y Neftis aun protegen los extremos de la sala con sus alas extendidas. Bajo el techo celeste se dispuso un sarcófago de alabastro que hoy se encuentra en el Soane Museum de Londres.

Y para los más curiosos, adyacente a la sala sepulcral se encuentra una pequeña habitación lateral en la que se inscribió uno de los libros funerarios más bellos de la época, el Libro de la Vaca Celeste. El texto está ilustrado con una gran vaca celestial flaqueada por divinidades primigenias.

La tumba de Nefertari es famosa por sus frescos de colores vibrantes, que suelen ser considerados los más bellos de todo Egipto.

Al sur del Valle de los Reyes se encuentra el discreto Valle de las Reinas. Su nombre es equívoco porque en el lugar, además de reinas, también se enterraron príncipes y princesas. En el interior del valle, una discreta puerta que abrió por primera vez el egiptólogo italiano Ernesto Schiaparelli en 1904 nos conduce al interior de la QV66, el lugar de descanso de la reina Nefertari Meryenmut, la “La más bella de todas, la amada de Mut”. Si cruzamos el umbral de la tumba de Nefertari nos adentraremos en un universo estético como hay pocos en Egipto.

Las escenas de la reina haciendo ofrendas a un sinfín de divinidades como Osiris, Atón, Toth, Ptah o Maat, acompañadas de fragmentos del famoso Libro de los Muertos, rompen con todos los cánones de belleza de la necrópolis tebana. Y es que, para muchos, el hipogeo de Nefertari es el más hermoso de toda la necrópolis tebana, un lugar que nos hará sentir como si estuviéramos en un sueño.

Comprender en profundidad el significado de todas las escenas nos llevaría mucho tiempo y la permanencia en el interior de l tumba está limitada a 10 minutos, pero llenar nuestros sentidos con la perfección de las formas y el juego de colores será instantáneo y dejará una huella imborrable en nuestra memoria.