“Aquella isla parecía un mundo aparte, cerrada en sí misma como un misterio”, describe la escritora Grazia Deledda, la única premio Nobel nacida en Cerdeña, a su tierra de origen. Y no le falta razón, porque esta formación insular, que emerge altiva en el Mediterráneodurante siglos desarrolló una cultura diferente a la de Italia. El motivo, en parte, es por el aislamiento que le han dado las montañas del interior y también por las oleadas de invasores y conquistadores que han moldeado su identidad. Como suelen decir en los pueblos, “aquí llegaron todos: fenicios, romanos, toscanos, españoles. Nadie se quedó del todo”.

Fuente: Revista National Geographic Viajes

Siguiendo con la línea de pensamiento de Deledda, Cerdeña también es una caja de Pandora, donde en estos meses en que la oferta de sol y playa queda guardada en un arcón, se abren toda clase de sorpresas en pueblos que atrapan a los visitantes con su magia, donde la tradición se escribe con mayúsculas, en que el orgullo está entrelazado con los orígenes de cada comunidad. Veamos cinco pequeñas gemas de esta isla-continente, como proclaman los sardos cuando tienen ocasión.

Carloforte
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Carloforte

Si los sardos son orgullosos de su tierra, ni les digo como son los 6.000 habitantes de Carloforte, un hermoso pueblo de casas de colores pastel ubicado en la costa de la isla de San Pietro, en el extremo suroeste de Cerdeña. Uno de los motivos es que aquí no solo se habla sardo o italiano, sino también tabarquino, un dialecto del ligur (emparentado con el genovés), traído por los colonizadores de raíces genovesas que llegaron en 1738 desde la isla de Tabarka, que actualmente pertenece a Túnez. O sea, una auténtica ensalada mediterránea.

Además de dejar pasar las horas por su bonito paseo marítimo, al caminar por las calles estrechas y empedradas se pueden ver restos de la fortificación medieval, como la Puerta del León, y sitios de valor patrimonial como la iglesia de la Virgen del Náufrago, la parroquia de San Carlos Borromeo y la Torre de San Vittorio. Este fue un puesto defensivo que a fines del siglo XIX se convirtió en observatorio astronómico, y desde hace una década, hogar del Museo Multimedia del Mar, que invita a navegar por la historia de los carlofortini. Y por supuesto, también hay que tomarse el tiempo para recorrer la accidentada costa de acantilados y calas, con imágenes inolvidables como la del faro de cabo Sandalo, el más occidental de Italia.

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Mamoiada

Un rasgo que caracteriza a los carnavales en Cerdeña es que cada pueblo lo asume de una forma totalmente diferente. Entre el sentir religioso y las raíces profanas, en Orotelli los thurpos (ciegos) embadurnan sus caras con hollín y visten pesados abrigos de orbace (lana típica de la isla); en Fonni se calzan cabezas de cerdo con cuernos y pañuelos de mujer, y en Mamoiada están los mamuthones.

Estos personajes visten un traje de lana negra, y cubren sus rostros con máscaras de madera de rasgos graves. Sus hombros cargan campanas que suenan a cada paso, en una formación rítmica donde son acompañados por los issohadores, quienes se presentan con máscaras y vestidos blancos, y cuya misión es atrapar a los espectadores con una cuerda para sumarlos al ritual; en una celebración que se entiende como un símbolo de resistencia ancestral de las tradiciones locales.

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Laconi

No se equivocan en Turismo de Cerdeña cuando describen a Laconi como un oasis verde. Este pueblo de 2.000 habitantes, tradicional centro de peregrinación en homenaje a San Ignacio, recuerda que la zona ya estaba habitada hace 6.000 años, como dan fe los 40 menhires que se exponen en el antiguo palacio Aymerich. Allí se encuentra un museo objetos de diferentes civilizaciones prehistóricas, como los de la cultura nurágica (cuyas huellas también se encuentran en el cercano bastión de Genna ‘e Corte).

En este pueblo, además de contemplar el pasado aristocrático que reflejan las villas y casas nobles, hay que pasar un buen rato disfrutando del jardín construido en torno a ese palacio, donde se encuentra la mayor concentración de orquídeas de Italia. En el siglo XVIII los marqueses de Aymerich crearon un fascinante jardín de especies exóticas, donde entre cascadas, grutas y senderos se descubren cedros, hayas, pinos, magnolias y un largo catálogo de especies vegetales.

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Oristano

Cerdeña está llena de fiestas populares, y muchas presentan características únicas, que no se encuentran en ningún lugar de Italia. Algunas mantienen una antigua ligazón con tradiciones españolas, como la Sartiglia, que recuerda a la tradición ecuestre de Menorca, reflejo de la influencia de la Corona de Aragón en ambas islas. En la segunda semana de febrero, unos caballeros de gestos solemnes, vestidos como si estuvieran en el siglo XVI y ocultos con una máscara andrógina, se lanzan a toda velocidad a caballo y tratan de acertar, con una espada, a las estrellas de hierro colgadas en la calle.

Acertar no solo significa prestigio para el jinete y su clan, sino también un augurio de prosperidad. Además de esta demostración de pericia, también hay pirámides humanas que cabalgan con un equilibrio que quita la respiración y otros rituales que se remontan a la primera fiesta, celebrada en 1546.

Carrera descalzos
Foto: Corsa degli scalzi

Cabras

¿Alguien tendría el coraje de correr sin zapatillas por caminos llenos de piedras y polvo? Pues para los vecinos de Cabras, en la franja occidental de Cerdeña, no solo es normal, sino que es una cita de honor. Entre fines de agosto y principios de septiembre allí se realiza La carrera de los descalzos, una travesía de siete kilómetros entre el pueblo y la localidad de San Salvatore de Sinis. No cualquiera puede participar: solo los 900 curridoris, donde hay adultos, jóvenes y niños que realizan la breve maratón tras el grito de Viva santu Sabradori mientras cargan la figura del Cristo en su Transfiguración.

La carrera recuerda a un evento de 1619, cuando los campesinos hicieron el mismo trayecto con ramas en sus tobillos; lo que levantó una polvareda tan grande que asustó a los piratas sarracenos que habían desembarcado con ganas de arrasar las poblaciones.

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ORGOSOLO

Orgosolo siempre fue un pueblo rebelde, que no dudó en poner el grito en el cielo ante las injusticias. Aquí se recuerda, por ejemplo, cuando fue refugio de bandoleros que luchaban contra las expropiaciones de tierras en el siglo XIX (reflejado en la película de Vittorio de Seta Banditi a Orgosolo). Sus calles y muros mantienen ese espíritu reivindicativo con sus murales, obras de gran formato que hablan de luchas ciudadanas y justicia social, de cultura y sentir popular. Son 150 creaciones realizadas en las últimas décadas, que convierten a esta montañosa localidad de 4.000 habitantes en un pueblo-museo que vale la pena visitar.