Investigadores británicos identificaron una bacteria intestinal que prolifera con la edad y que podría estar vinculada con el deterioro de la memoria y la capacidad de aprendizaje. El hallazgo fue publicado en la revista científica Nature y, aunque el estudio se realizó en ratones, los autores consideran que el mecanismo “probablemente se conserva en humanos”.
El trabajo fue encabezado por científicos de la Universidad de East Anglia, en el Reino Unido, y analizó la relación entre el microbioma intestinal y el funcionamiento del cerebro. Según explicó el bioquímico David Vauzour, la investigación podría ayudar a comprender por qué las capacidades cognitivas tienden a disminuir con el paso de los años.
De acuerdo con los investigadores, una bacteria llamada Parabacteroides goldsteinii aumenta su presencia en el intestino con el envejecimiento e interfiere en la señalización de los nervios sensoriales que se conectan con el cerebro.
El estudio comparó ratones jóvenes de dos meses con ratones viejos de 18 meses, una diferencia que los científicos equiparan aproximadamente a la convivencia entre una persona de 15 años y otra de 50. Durante un mes ambos grupos compartieron el mismo espacio, lo que permitió que intercambiaran bacterias intestinales.
Tras ese período, los ratones jóvenes comenzaron a mostrar un rendimiento similar al de los animales mayores en pruebas de memoria y aprendizaje. En uno de los ensayos, los animales debían reconocer objetos previamente observados, pero los ratones jóvenes dejaron de distinguir entre los objetos familiares y los nuevos, un indicio de pérdida de memoria a corto plazo.
El neurocientífico Timothy Cox, de la Universidad de Pensilvania y coautor del estudio, señaló que el deterioro observado fue tan marcado que los animales jóvenes “prácticamente no se distinguían de los ratones viejos”.
Los investigadores detectaron que el microbioma intestinal de los ratones jóvenes había pasado a ser similar al de los animales mayores. Esto llevó al equipo científico a analizar si alguna bacteria específica podía estar relacionada con el deterioro cognitivo.
Para comprobarlo, los científicos colonizaron ratones jóvenes con distintas bacterias intestinales y observaron que la presencia de Parabacteroides goldsteinii empeoraba su capacidad para recordar objetos que ya habían visto.
A la inversa, cuando los ratones mayores recibieron antibióticos que eliminaron bacterias intestinales o una terapia con fagos destinada a destruir esa especie bacteriana, su desempeño en las pruebas de memoria mejoró hasta niveles comparables con los de animales jóvenes.
El análisis posterior mostró que esta bacteria produce grandes cantidades de ácidos grasos de cadena media, moléculas que activan células inmunitarias llamadas macrófagos a través de un receptor conocido como GPR84.
Según los investigadores, al activarse los macrófagos liberan moléculas inflamatorias que afectan la señalización del nervio vago, una vía de comunicación clave entre el intestino y el cerebro.
La inmunóloga Maayan Levy, de la Universidad de Stanford y coautora del estudio, explicó que este proceso “bloquea la comunicación entre el intestino y el cerebro”, lo que finalmente conduce al deterioro cognitivo observado en los experimentos.
Para los especialistas, el hallazgo refuerza la importancia del microbioma intestinal en el funcionamiento del cerebro y abre la posibilidad de desarrollar tratamientos orientados al intestino para frenar o revertir el deterioro cognitivo asociado al envejecimiento.
El neurocientífico John Cryan, del University College Cork de Irlanda, señaló que estos resultados aportan evidencia de que el microbioma “es realmente importante para el envejecimiento cerebral” y sugirió que, en el futuro, terapias basadas en la dieta o en la modulación de bacterias intestinales podrían ayudar a preservar la memoria.